El día amaneció gris y lluvioso, plomizo y frío, pero el microclima de San Mamés permitió al viejo campo irradiar calor y luz propias. Suele ocurrir en vísperas de partidos importantes de verdad, los que merecen escribirse en mayúsculas, cuando el Athletic se juega un pedazo de cielo o la posibilidad de reverdecer su riquísima historia copera. O las dos cosas. 90 minutos -y el Mirandés- separan a los rojiblancos de una nueva final de Copa y nadie quiere perderse una noche que se adivina mágica, diferente, de esas que abren las puertas reservadas para los elegidos y expiden la licencia para soñar. Los cientos de fieles que guardaron cola ayer paraguas en mano quisieron retirar la suya y garantizarse así un sitio en el campo, junto a los tenedores del carné, libres de pasar por la taquilla de 'La Catedral', la penúltima estación en el viaje del equipo hacia la gran final.
La expectación es máxima y si esta noche la lógica se cumple el Athletic volverá a pelear por el título de su competición preferida tres años después. En aquella ocasión, en mayo de 2009, se cruzó con un Barcelona intratable. Poco menos que misión imposible. Ahora las cosas han cambiado y con independencia del rival, Barça o Valencia, los rojiblancos saldrán al campo convencidos de que la victoria es posible. Sencillamente, confían en su fútbol. Ninguno de estos dos equipos ha logrado ganarles en Liga. Los blaugrana salvaron un punto en el descuento -¿se acuerdan de aquel gol de Messi?- y Soldado rescató a los suyos en el minuto 89 y evitó el triunfo de los leones. Cualquiera de ellos, culés y chés, saben que se enfrentarían a un grupo ambicioso y hambriento, que presiona cada balón como si le fuera la vida en ello. Ya se lo dijo Guardiola a Bielsa nada más terminar la batalla de San Mamés, en noviembre: «Sois unos bestias». Hermoso elogio.
La efervescencia popular aumenta con el transcurso de las horas así que el club decidió emitir ayer un comunicado en el que pedía un ejemplo de civismo a la grada una vez concluido el choque, que salvo hecatombe u otro milagro obrado por el Mirandés -esta vez tendría que ser elevado al cubo- certificará el pase del equipo a la final número 38 de toda su historia. Ibaigane recordó que «cualquier invasión del terreno de juego, además de estar prohibida, acarrea graves consecuencias en forma de sanción para nuestra entidad, incluida la posible clausura del campo». En este sentido, los responsables institucionales señalaron que -en caso de lograr la clasificación- «resultaría imposible que los jugadores compartieran su alegría al término del encuentro con la totalidad de la afición». Pero es muy difícil acotar la ilusión, que amenaza con desbordarse por segunda vez en tres años, con el recuerdo todavía fresco de aquella gesta frente al Sevilla. «Nos multarán. Está claro», decía ayer uno de los miles de tweets cruzados entre los hinchas rojiblancos. «Yo estaré abajo», sentenciaba otro. Hoy se pondrán a la venta las últimas 202 entradas para el público en general en las taquillas de San Mamés.
Bielsa sale con todo
Los futbolistas saben lo que hay en juego y ni se les pasa por la cabeza levantar el pie del acelerador. El conductor no se lo permite, que volverá a apostar por su once de gala y sacará todo lo que tiene. «No nos podemos despistar», dijo Iraola nada más acabar el duelo contra el Espanyol. El 1-2 de la ida es un magnífico resultado, pero tampoco conviene relajarse en exceso para evitar sustos innecesarios. «Queremos la Copa», se mostraba contundente Javi Martínez en una entrevista publicada ayer en este periódico, aunque exigía ir paso a paso y no mirar más allá del partido de esta noche. «Por ahora, vamos a dejarnos de hoteles en Madrid. Sólo tenemos la cabeza puesta en el Mirandés. Todavía quedan dos finales, y hay que ganar las dos», comentaba el navarro en referencia a la ilusión desbordante que se ha apoderado con fuerza de la masa social rojiblanca.
Un paseo por Bilbao confirma la inminencia de una cita trascendental. Banderas en las ventanas y los balcones, y chaquetas, gorros y bufandas en las calles. Prevalecen los colores rojo y blanco, incluso en las redes sociales. Hasta el propio club ha animado a los aficionados a personalizar sus avatares en Twitter para mostrar así su apoyo al equipo, que se entrenó ayer por última vez en la sesión de tarde antes de medirse hoy a la tropa de Carlos Pouso. Por cierto, el técnico del Mirandés ha prohibido a sus jugadores hablar con los medios de comunicación y les recluirá en el hotel Sercotel de Bilbao hasta la hora del partido. Busca el milagro, otra señal en el cielo, pero lo único seguro con lo que se va a encontrar hoy será el Athletic. Un grupo con los cinco sentidos puestos en el premio de la final.
El equipo controla sus emociones y los jugadores enfrían los mensajes que llegan desde el vestuario. Recetan prudencia, seriedad y compromiso con la semifinal. Hasta aquí, lo políticamente correcto. Pero en su fuero interno sienten la cercanía del mes de mayo, lo adivinan ya en el horizonte. 28 años sin títulos son muchos, y el fútbol está a punto de dar una nueva oportunidad al Athletic. Hora de jugar.