B rian Clough y Peter Taylor llevaron a un club con presupuesto de provincias, el Nottingham Forest, a la conquista de dos Copas de Europa consecutivas. Solían fichar jugadores con problemas personales. Otros equipos los evitaban. Eran baratos y ellos -uno era alcohólico y el otro, un adicto a las apuestas-, se creían capaces de redimirlos. Arsène Wenger, que revolucionó el fútbol inglés con dietas, métodos de entrenamiento y análisis estadísticos, no ha seguido el ejemplo del equipo médico del Milán, capaz de prolongar la longevidad de sus futbolistas más allá de lo nunca visto, y ha vendido a sus centrocampistas y delanteros cuando se acercan a los treinta años.
Dicen que a Brad Pitt le gustó tanto el libro de Michael Lewis que destripa la estrategia del Oakland para convertirse en la excepción de una regla elemental de la Major League de béisbol -que la clasificación suele corresponder con el dinero que los clubes gastan en jugadores- que se empeñó en producir y en encarnar a Billy Bean en 'Moneyball: rompiendo las reglas'. La película que ahora se estrena en las pantallas españolas se inspira en el gerente del Oakland, Bean, que fracasó en todos los equipos en los que jugó pese a tener condiciones físicas y talento portentosos, y se empeñó en fichar a 'pitchers' o 'fielders' que no fuesen como él. Porque su experiencia le convenció de que las costumbres de la Major League eran errores.
La revolución tecnológica del béisbol se produjo en 2002. Bean y su aliado -el economista de Harvard, Paul DePodesta- demostraron a los ojeadores que habían sido profesionales del béisbol que lo que uno ve en un estadio no corresponde siempre con lo que dicen los datos y que entre éstos hay que preguntarse por los que realmente son significativos. Es improbable que en el fútbol, donde hay más variables para evaluar a un futbolista y quizás más complejas, se llegue a la conclusión de que hay que fichar, como hizo el Oakland en el 'draft' de 2002, a gente como Jeremy Brown, un gordito de Alabama ignorado por los ojeadores, o a Brant Colamarino, del que decían que «tiene tetitas». Pero al fútbol puede aplicarse una regla establecida por Bean y DePodesta: que un jugador haya tenido buenas temporadas no significa que siga teniéndolas. Encaja como un guante a Fernando Torres, cuyo despliegue en el Chelsea no ofrece el contraste entre mirada y datos sino entre lo que uno ha visto y lo que ahora ve.
De Gea se redime
De su vigésimo partido con el Chelsea o con la selección española sin marcar un gol, el que disputó ayer contra el Manchester United, se recordará el balón ideal que envío desde la banda a la volea de Juan Mata, el 2-0 nada más comenzar la segunda parte. Pero el resto fue el recurrente quiero y no puedo, que ya angustia.
En el fútbol fichan jugadores hasta presidentes de club que ni jugaron ni consultan estadísticas. El resultado de invertir cientos de millones con criterios de aficionado es, en el Chelsea de Roman Abramovich, un puzzle inconexo, que tuvo ayer, primero, fortuna y luego fue incapaz de apagar un partido cuando tenía una ventaja de tres goles.
Alex Ferguson es otra cosa. Según las cifras de Stefan Szymanski, autor junto a Simon Kuper de 'Soccernomics', es el segundo, tras Bob Paisley, en la tabla de entrenadores del fútbol inglés que han obtenido mejores resultados en relación con los salarios de sus plantillas. Y se fue ayer a casa con la satisfacción añadida de que el asediado David de Gea salvase el empate con un paradón en el tiempo de descuento a un saque de falta de Mata.