El próximo mes de mayo la orden de las Siervas de Jesús cerrará un ciclo de 137 años en Castro. Las superioras de la congregación han decidido que las cuatro monjas que actualmente ejercen en el Santo Hospital han alcanzado una edad en la que deben afrontar tareas menos exigentes. A ello se añade la falta de vocaciones para atender instalaciones propias de la orden, ya que, según María Oliva, madre superiora del centro, «aunque hay jóvenes que se están formando, en su mayoría extranjeras, aún no cuentan con la preparación suficiente para garantizar el relevo».
Afirma que han sido años de «total entrega». Su labor en el hospital reconvertido en residencia municipal no se limita a la asistencia espiritual, ya que también desempeñan labores sanitarias. «Una de nosotras es enfermera, mientras las tres restantes tenemos titulación de auxiliares». Este hecho ha contribuido a una mayor cercanía «con gente necesitada de cuidados, a la que, en muchos casos, hemos podido ayudar a morir dignamente». Esta proximidad puede haber sido el origen de muchas conversiones de última hora. «Aunque hay gente que reniega hasta el final, lo normal es que los no creyentes cambien de opinión en sus últimos instantes», dicen.
Las cuatro religiosas, una de ellas vizcaína, llevan un mínimo de ocho años en la residencia. Sin embargo, la presencia de la orden en el municipio cuenta con mayor relevancia, puesto que «fue el segundo lugar al que llegó la congregación», explica Oliva. En mayo cerrarán un ciclo centenario con «buen sabor de boca», dado que «los malos recuerdos se olvidan, y conservamos muchos buenos». Incluso «hay residentes y familiares que nos preguntan dónde hay que ir para reclamar nuestra continuidad». El propio Ayuntamiento lamenta su marcha. «Hablamos con ellos y nos han transmitido su pesar, pero, al fin y al cabo, es una decisión que ya se ha tomado en beneficio de la orden».
Mantener su legado
En la residencia se respira un ambiente de tristeza. Su salida tendrá consecuencias en el organigrama de un centro sin director en el que la madre superiora ostenta el cargo de subdirectora. Una auxiliar de enfermería con tres décadas de trayectoria descarta que esta situación haya derivado en conflictos entre las monjas y el resto del personal sanitario. «La convivencia es muy positiva». Cuando se le pregunta sobre su marcha, se le quiebra la voz. «Estoy muy apenada. Hemos aprendido mucho de ellas». Añade, además, que la «buena sintonía» que generan será difícil de igualar. «Ante su presencia, los mayores templan los ánimos en sus discusiones. Se va a perder respeto. Hay que esforzarse por mantener su legado».
Una residente vizcaína, «aunque de familia castreña», sostiene que la presencia de las religiosas motivó que solicitase el ingreso en el centro municipal. Resalta «su entrega», y argumenta su importancia con un ejemplo: «hay una persona que, a pesar de haber tenido algún desencuentro con una monja, insiste en que todo sería peor sin ellas». Por su parte, la madre de una residente valora «su paciencia». «Han atendido a cuatro personas de la familia que no estaban plenamente en sus cabales, y han sabido llevarlas muy bien». A pesar de que su salida se antoja irrevocable, otra familiar asegura estar dispuesta a evocar el «no nos moverán» con el fin de que las superioras de la orden mediten su decisión.