Una a una, las piezas del dominó de Oriente Próximo han ido cayendo. La de Bashar el-Asad se tambalea pero se resiste a desplomarse. La foto de familia de las dictaduras republicanas, al menos tal y como la conocíamos, amarillea. La de las dictaduras monárquicas sigue aún incontestada, tanto que sus líderes, como el rey de Catar o el de Arabia Saudí, se atreven a dar reprimendas sobre democracia a El-Asad, al igual que antes hicieron con Muamar Gadafi.
Bashar el-Asad tiene en Rusia e Irán poderosos aliados, pesos pesados de esta parte del mundo con intereses demasiado poderosos como para mantenerse al margen de lo que sucede en Siria. Sus vecinos árabes, sin embargo, le han abandonado. Pero el régimen de Damasco es resistente. Acostumbrado a sufrir bloqueos y sanciones, durante décadas ha vivido aislado del mundo exterior, como mostraba de forma anecdótica pero elocuente hasta hace pocos años la imagen de los sirios peregrinando hasta Líbano para poder comprar ciertos productos como papel higiénico o la omnipresente Coca-Cola.
Hoy hay máquinas expendedoras de este refresco en muchas esquinas del país, pero otras cosas no han cambiado. El-Asad relataba hace un par de años a la revista 'National Geographic' que se sorprendió al ver en el despacho de su padre Hafez, poco después de su funeral, el mismo bote de colonia que recordaba de su primera y única visita hasta entonces a la oficina del poder, 27 años atrás. El bote seguía, prácticamente sin tocar, en la misma repisa, reflejo doméstico del inmovilismo del régimen.
Bashar no estaba destinado a gobernar Siria. El segundo de los hijos del presidente Hafez, nacido en 1965 y licenciado en oftalmología, estaba haciendo unas prácticas en Londres cuando falleció su hermano Basil, el heredero, en un accidente de coche en Damasco. Seis años después moría su padre y Bashar entraba por segunda vez a aquel despacho.
Frágil equilibrio
Han pasado ya casi 12 años desde que el hijo de Hafez ascendió al poder, y ese estancamiento parece ser la nota dominante del nuevo-viejo régimen. También en su brutalidad. Cuando se cumple el 30 aniversario de la matanza de Hama, donde murieron miles de personas en el aplastamiento, por parte de las fuerzas de Hafez, de una revuelta iniciada por grupos suníes como los Hermanos Musulmanes, el Ejército de Bashar bombardeaba el viernes Homs, con el resultado de más de 200 muertos en unas pocas horas.
Ben Ali, Mubarak y Gadafi cayeron en tres escenarios muy diferentes. La pregunta que cabe hacerse ahora es si el destino de El-Asad se encuentra en la huída, como ocurrió con el déspota tunecino; en ser apartado del poder por el Ejército para sacrificar la fachada del régimen, pero intentar que no cambie en su esencia, como en Egipto; o en la guerra civil con un final brutal, como en Libia. Por ahora, la situación se encuentra a medio camino entre el escenario libio y lo que ocurría en Irán, el gran valedor de El-Asad, en 2009. Pocos se acuerdan hoy de la 'marea verde', en la que se pusieron tantas esperanzas.
Siria es quizás distinta a todos, y la clave, la dovela central que sujeta el frágil y brutal equilibrio del arco de Oriente Próximo.