La de ayer no fue una noche para dormir entre cartones. El zarpazo invernal que llegó desde Siberia dejó Euskadi congelada y en la capital vizcaína, la humedad y el viento provocó una sensación térmica heladora. El Consistorio activó su protocolo de emergencia para atender a las personas sin hogar, y se ampliaron en 50 las plazas del albergue municipal de Mazarredo. A medida que la oscuridad, el frío y el silencio se iban apoderando de Bilbao, el goteo de personas que se acercaban hasta este centro en busca de calor, fue en aumento. A pesar de todo, muchos optaron por resistir el temporal en cajeros, subterráneos o edificios abandonados.
Para algunos era la primera vez que pisaban unas instalaciones de este tipo, pero ante la alternativa de pasar una madrugada marcada por las tiritonas y el repiqueteo de dientes, no les quedó elección. Es el caso de Karen, un saharaui de 19 años que llegó desde la calidez de las islas canarias hace dos meses y que vive en una casa abandonada. «Ayer dormí con cuatro mantas y un saco de dormir, pero aún así pasé mucho frío», contaba con el cuello de la chaqueta subido hasta arriba y las orejas rojas por las bajas temperaturas. «No sé cómo será esto, pero por lo menos aquí espero encontrar abrigo», apuntaba con un toque de intriga.
La noche anterior, Jawad, un marroquí de Chaouen de 37 años, la pasó durmiendo en un cajero con tan sólo un cartón separándole del gélido mármol. «Me he pasado todo el tiempo temblando», recordaba. El rifeño explicó que «mucha gente siente aprensión por los albergues porque «no están acostumbrados a que les den órdenes y porque la acumulación de tanta gente en tan poco espacio hace que el ambiente sea irrespirable». A esto, algunos trabajadores sociales añaden que «tienen miedo de que les quiten el sitio o les roben sus cosas». Jawad lleva cuatro meses en Euskadi y tres de ellos en la calle. Llegó a España hace 13 años y reconoce que tuvo «tiempos mejores». Ha trabajado en la construcción, de cocinero, y poniendo telas asfálticas. Tiene decidido que quiere salir adelante. Por este motivo, está inscrito en un curso de soldador en un centro educativo del barrio del Peñascal.
Nabil Abrada nació en el cercano pueblo ceutí de Castillejos. Sabe que vivir a la intemperie «es peligroso porque no sabes lo que te puede pasar y te destroza la salud mental y física». Sin embargo, conoce a muchos compañeros que pese a todo, se resisten a abandonar sus lugares habituales. De hecho -a pesar de las recomendaciones que el equipo encargado de rastrear el mapa de la indigencia hizo a los 'sin techo' para acudir a un refugio municipal-, de las 50 colchonetas habilitadas para la ocasión, siete se quedaron vacías.
En la calle a bajo cero
Emeterio es bilbaíno. De joven fue «muy deportista» y trabajó «durante muchos años en la Naval». Pero la vida le condujo vivir en la calle. No quiso ir al albergue y buscó cobijo en un cajero para pasar tal noche como la de ayer, en la que los termómetros marcaron bajo cero. A pesar de que lleva seis jerseis encima y afirma no tener frío, él y su amigo ni siquiera tienen un cartón en el suelo y comparten una manta. Desgraciadamente, este no fue un caso aislado y la Cruz Roja vio a varios indigentes más deambulando durante la ruta nocturna que realizaron con el director de la sección de Inclusión Social.