«Aquí termina mi tiempo. Confío en que sabréis hacer bien las cosas. Adiós». Ese fue el mensaje de despedida de un José Luis Rodríguez Zapatero emocionado, con los ojos enrojecidos, pero que aguantó las lágrimas mientras el plenario del 38º Congreso Federal del PSOE, de pie, tributaba una cerrada ovación a su hasta hoy líder. En su discurso del adiós, hizo una férrea defensa de su gestión gubernamental, resaltó los logros alcanzados, pero sobre todo exigió una cosa a sus compañeros, preservar la unidad del partido por encima de todo. Su labor al frente del partido fue respaldada por el 90,84% de los delegados.
La larga intervención de Zapatero, casi una hora, alternó los momentos tediosos, los más, con los mensajes emotivos, los menos. Fue una mezcla de informe de gestión del secretario general de un partido que se va con un resumen de casi ocho años de gobierno ante un auditorio que había asimilado hace mucho tiempo la marcha de su líder. No fue como en 1997, cuando Felipe González dejó a los socialistas con la boca abierta y las lágrimas en el rostro al anunciar por sorpresa su renuncia en otro congreso federal. Joaquín Almunia ni se despidió, dimitió la noche de la derrota electoral de 2000.
Zapatero no fue ajeno a los intensos movimientos subterráneos de las dos candidaturas en las últimas horas, con una caza a la desesperada del delegado y con maniobras de dudosa ética. Por eso hizo un encendido llamamiento a la unidad del partido después del congreso. Recordó que ha tenido «el apoyo más grande que ha tenido ningún secretario general» del PSOE y «qué bien se trabaja así».
Fue tal su énfasis en reclamar unidad y cohesión que después de decir que se agolpaban en su cabeza «los recuerdos y las emociones» de estos años, individualizó en José Bono, su gran rival en el 35 Congreso, lo que debe ser el día después del cónclave socialista. Señaló que ganar el congreso de hace doce años fue «importante», pero no lo fue menos lograr «la amistad y la lealtad» del expresidente castellano-manchego. Gesto que el aludido, sentado en primera fila, asentía con la cabeza.
Hizo un inciso en el capítulo de las exhortaciones para recordar que nadie se debería haber sorprendido de que no se presentase a un nuevo mandato porque en el 35 Congreso del partido, en el que fue elegido secretario general, defendió la limitación de mandatos tanto internos como públicos y se comprometió entonces a hacerlo «en primera persona». Lo que pasa, dijo a los delegados, es que «no os acordáis».
Una digresión que le sirvió para dejar claro que si se iba no era por su gestión en el Gobierno, la que ha llevado al PSOE a su crisis más profunda de la historia reciente, sin apenas poder territorial y municipal, y con el grupo parlamentario más pequeño desde la recuperación de la democracia, con 110 diputados. Si abandona el barco, vino a decir, es por convicciones democráticas.
Sobre la crisis hizo un atisbo de autocrítica por «la tardanza» en admitir su existencia, pero rechazó los reproches por «imprevisión» en la toma de decisiones. «Trabajamos -afirmó con tono rotundo- dando respuesta en cada momento a la circunstancia que se producía». Y el resultado, subrayó, es que España, a diferencia de otros países del entorno, no fue intervenida. Ese, prosiguió, era el objetivo del drástico ajuste del gasto de mayo de 2010; ése y «mantener al máximo la cohesión social», precisó.
Zapatero animó a los socialistas a predicar con el ejemplo, porque, si en la última legislatura reprocharon a la oposición su falta de sentido de Estado y colaboración para hacer frente a la crisis juntos, ahora deben aplicarse el cuento. «El PSOE no tiene como objetivo derrotar al PP sino a la crisis», y si para ello es necesario cerrar filas con el Ejecutivo, habrá que hacerlo.
El aún secretario general de los socialistas subrayó otras diferencias con los populares, como la actitud ante la derrota electoral. «Ganó el PP, lo hemos asumido, y a diferencia de otros, nosotros no vamos a buscar culpables fuera», en clara referencia a la actitud de los populares tras su derrota el 14 de marzo de 2004, cuando achacaron la pérdida de La Moncloa a los atentados del 11 de marzo, en los que algunos dirigentes del PP se empeñaron en ver la mano de los socialistas.
Si evitar la intervención de España fue, según su balance, uno de los grandes logros, otro no menor fue el anuncio del 20 de octubre pasado del fin de la violencia de ETA. En la tarea de alcanzar el fin del terrorismo, rememoró, se implicó a fondo, y lo presentó como otro de sus principales objetivos conseguidos.