El primer ministro británico, David Cameron, logró contener ayer una revuelta del ala radical escéptica de su propio partido. En la Cámara de los Comunes, aseguró que tomará medidas legales si se «utilizan incorrectamente» las instituciones europeas en la aplicación del acuerdo fiscal ratificado por los Veintisiete en la noche del lunes.
El jefe 'tory' del Gobierno de coalición reiteró que los intereses de Reino Unido siguen protegidos por este tratado «no europeo», en el que participan 25 países de los 27 miembros de la UE. «El principio de que las instituciones europeas solo pueden actuar con la autorización explícita de todos los Estados miembros prevalece. No obstante, lo vigilaremos atentamente y si es necesario tomaremos medidas, incluso legales», amenazó.
El primer ministro salvó la rebelión de los diputados euroescépticos que el pasado diciembre le vitorearon como un héroe por vetar este mismo tratado, que trata de inyectar una válvula de escape a la crisis de la zona euro. Menos efectiva fue su línea de defensa frente al líder laborista, Ed Miliband, que descalificó con ironía la efectividad de la postura de aislamiento adoptada por Cameron en la anterior cumbre europea. «Con este primer ministro, un veto no es para siempre, solo es para Navidad», se burló, provocando carcajadas en la Cámara.
Sus socios de Gobierno, los europeístas liberal-demócratas de Nick Clegg, celebraron el «pragmatismo» y la actitud conciliadora de David Cameron al dar marcha atrás en su discutida negativa inicial a permitir que los recursos de la UE se destinen a la gestión del nuevo acuerdo.
De los escaños conservadores aún surgieron intervenciones de recelo por el cambio de posición en el Ejecutivo, que el primer ministro intentó conciliar explicando que vetó «la entrada de Reino Unido en un tratado y por tanto no es un tratado europeo». Cameron parecía defender lo indefendible para contener la furia de sus tropas y salvar la coalición