El alma disputa cada punto. El corazón golpea cada bola. La pasión impulsa cada desplazamiento. El coraje empuja cada movimiento. La heroicidad protagoniza cada juego. Son Novak Djokovic y Rafael Nadal, dos deportistas con mayúsculas. Dos tenistas que ayer completaron una oda al tenis: un encuentro imborrable, probablemente el mejor de la historia, una final que ya forma parte de la antología de este deporte. Casi seis horas de batalla que terminaron con el serbio como campeón del Abierto de Australia. Un hercúleo duelo entre dos deportistas irrepetibles que completaron la final más larga en un torneo de Grand Slam.
Los espectadores que disfrutaron de ese maravilloso espectáculo en la Rod Laver Arena supieron agradecérselo. En el noveno juego del quinto set, después de más de cinco horas de juego, los aficionados se pusieron en pie después del enésimo punto imposible que se decanta por uno de los dos. Una larga ovación homenajeó a dos extraterrestres que estaban al límite de sus fuerzas, al borde del desmayo. Era la manga definitiva. Nadal venía de un 4-2 suyo que le ponía muy cerca de la victoria final. Pero Djokovic, su bestia negra, resurgió. Se colocó 6-5 a su favor, no falló con su servicio y cerró ante Nadal su tercer Grand Slam consecutivo por 5/7, 6/4, 6/2, 6/7(5) y 7/5.
Fue una eternidad antes de que Nole alzase el trofeo. El balear era conocedor de la importancia de conseguir la primera manga y comenzó por delante el encuentro. En sus últimos cuatro enfrentamientos, el serbio había comenzado siempre apuntándose el primer set. Y con mucho sufrimiento e idas y venidas en el parcial, logró su objetivo. Los puntos eran cortos, sin mucho ritmo. Su derecha paralela, un ingrediente vital y determinante para derrotar al belgradense, comenzó a funcionar. Rompió el servicio de su oponente y mantuvo el suyo. Sin embargo, Nole no facilitó la labor del número dos del mundo. Devolvió el 'break' e incluso se llegó a colocar con 5-4 a su favor. El balear había retrocedido en la pista. No se encontraba cómodo y la alargada sombra de la pasada temporada parecía cubrir al juego del español. Pero extrañamente Novak Djokovic, el tenista que mejor ha gestionado los puntos decisivos en los últimos meses, falló en el momento clave y lo pagó con la rotura de servicio. Y, esta vez, Nadal no desaprovechó la oportunidad.
Otra dimensión
El balcánico igualó después el choque, lo que obligó al mallorquín a ser más agresivo y pegar a la bola más cerca de la línea de fondo. Pero durante todo el parcial estuvo lejos de lograr esos objetivos. Djokovic era superior. Y obtuvo su recompensa: 4-1 a su favor en el set; el camino allanado. Afincado sobre la línea de fondo, el serbio dominaba los puntos, movía a Nadal y jugaba a placer. La estrategia del de Manacor no funcionaba. El recuerdo de las seis finales cedidas en 2011 flotaban sobre la pista. Djokovic iba a más; Nadal, a menos. Lastrado por su posición en la pista, demasiado retrasada, el balear lo pagó. Con un último juego al saque perdido en blanco, cedió la tercera manga,
La cuarta tampoco empezó bien. Sin embargo, pronto volvió a retomar su enérgico tenis, el que llevó el partido a la muerte súbita. El mejor deportista español de la historia demostró la garra, la mentalidad y la pasión que le han llevado a entrar en el Olimpo del tenis. Sacó a relucir sus mejores tiros y, por si fuerapoco, consiguió remontar la muerte súbita. Del 3-5 en contra al 7-5 a favor. De bordear la derrota a soñar de nuevo con la victoria.
Pero no lo consiguió. Y no porque no lo intentase, porque no lo mereciese o no se dejase el alma en el intento, sino porque enfrente tenía a un jugador que volvió a demostrar por qué es el número uno del mundo. Delante tenía a un tenista que le ha ganado las últimas siete veces que se han enfrentado. Al otro lado de la red estaba Djokovic, que ganó su quinto título de Grand Slam. Un deportista que demostró ser de otra dimensión.