Doce personas fundaron la asociación, con ánimo de formalizar el hospedaje que ya se les prestaba a los peregrinos de forma espontánea. La asociación no tardó en cobrar fuerza y pronto creció. Pero en los últimos dos años, de los 260 miembros que solía tener, quedan alrededor de 190, asiduos muchos menos, y hospitaleros, contados con los dedos de dos manos. Se ha ido desmembrando en pequeñas asociaciones de Haro, Nájera, Santo Domingo o Ventosa, de donde es uno de los expresidentes de la asociación, que vio negocio y abrió su propio albergue privado.
«Ahora estamos pasando una mala época. Tenemos mono de peregrinos», comentan, ya que desde 2009 el Ayuntamiento de Logroño les quitó la cesión del albergue municipal, por lo que conviven menos con los peregrinos y tienen menos ayuda que prestar. Pero es una fase de la que, están convencidos, saldrán muy pronto y con ánimo renovado. El camino engancha, advierten todos, y no es fácil para aquellos que han entregado muchos años de su vida a servir a los caminantes resignarse a un pequeño local a escasos metros del albergue y, lo que más les pesa, sin peregrinos.
Ahora que ha entrado la política, en el albergue comenzaron a cobrar por ciertos servicios que tradicionalmente cumplían los hospitaleros de buen agrado y sin esperar nada a cambio, cuentan. «Yo en once años no he cobrado un duro», refleja Lorenzo Jiménez, quien asegura que ahora «habría que trabajar mucho para volverlo a levantar» al nivel de antes, cuando las puertas siempre permanecían abiertas -en 2010 el albergue cerró cinco meses-, y el comedor siempre lleno de comensales. «Lo cerraron porque 'se mancha', y ahora ni siquiera dejan beber vino... ¡menuda promoción de La Rioja!», cuestiona Isidoro.
Desde entonces, gestionan el albergue de Navarrete, con mucho menos tránsito, donde han trasladado su tradicional celebración del Día de Santiago. Allí cuentan con 48 plazas, aunque todavía añoran el ir y venir de peregrinos, el coser las ampollas y el intercambiar una buena conversación. «Vas conociendo a gente que te inculca valores. Yo de lo que más aprendido es de la convivencia, logras hacer amistades profundísimas. Lo importante es preguntar, no ir 'de pasada', y para eso los albergues son un punto clave», recuerdan Jiménez y Arturo Díez, que junto a su mujer, María Angulo, organiza excursiones con jóvenes para recorrer algún tramo del camino riojano y redescubrir su historia.
¿Qué tiene el camino? La gente, la solidaridad, el sacrificio... «si te digo la verdad, no lo sé», responden.