«Somos una cebollita. A lo largo de la vida nos vamos forrando de capas, pero cada día que vas andando hacia Santiago te quitas unas cuantas, hasta que te quedas en el cogollito, y te das cuenta de que no necesitas tantas cosas como parece». Es la experiencia vivida por el miembro número 12 de la Asociación del Camino de Santiago, José Ignacio Carrasco.
Aunque celebran ya 25 años desde que se formara la agrupación, hay cosas que no cambian, cuenta entre compañeros. Una de esas cosas es el recuerdo de la experiencia que le queda al caminante. «Hace algunos años Radio Galicia colocó una emisora en el Monte del Gozo, justo antes de llegar a Santiago, desde donde se ve ya la ciudad, y ya sabes que vas a llegar aunque sea a rastras. Pero, de repente, la emoción se convierte en tristeza, porque ya se acaba el camino. Es entonces cuando los peregrinos abren el alma de una forma que ni los más sórdidos guiones de película pueden imaginar. Cuentan cosas inenarrables -señala Carrasco-. Lo tuvieron que suspender porque era tremendo».
Sin embargo, pese a que el aprendizaje espiritual sigue vivo en algunos, ahora el Camino de Santiago es más un recorrido turístico-deportivo, y eso «es el principio del fin», según los miembros de la asociación. Entre anécdotas, Alberto Aldazábal recuerda que antes había algunos albergues que se situaban a dos o tres kilómetros del pueblo, y alguien le preguntó a un hospitalero que atendía uno de ellos que por qué motivo estaba tan lejos. «Es que queremos peregrinos», respondió.
Cumplen 25 años
Hace 25 años, cuando la asociación estaba naciendo, y aunque todavía no contara con un albergue propio, todo caminante sabía que «salvo que quieras, no vas a dormir nunca a la intemperie», y con eso era más que suficiente, cuenta Aldazábal. «Antes no exigían, ahora sí. Antes lo que dabas te lo agradecían, pero ahora llegan y piden hasta habitación individual algunos. Reclaman, y agradecer, muy poco».
Hace algunos años, cuando se aceptaba de buen agrado la generosidad de hospitaleros desinteresados que alojaban a los peregrinos en bodegas, en bajeras, o en su propia casa y cuando una ducha de agua fría se devolvía con una sonrisa, «pasaban menos peregrinos, pero eran más valientes. Lo que hacían tenía un sentido más puro», apunta Lorenzo Jiménez. «Con un techo donde refugiarse de las inclemencias del tiempo ya valía, y con eso te dabas cuenta de que se necesita muy poquito para caminar», añade Carrasco, que considera que hoy en día es un montaje en muchos casos.
Malversar la esencia
Acusan al clientelismo y a la iniciativa privada en albergues de haber malversado la esencia del camino, llegando incluso a cambiar las flechas para desviar la ruta hacia los hostales particulares.
El cambio de hábitos, y una sociedad completamente diferente a la de hace veinticinco años están haciendo perder las buenas costumbres y la esencia del peregrino: el sacrificio y el agradecimiento.