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Holocausto en Nanclares

ARABA/ÁLAVA

Holocausto en Nanclares

La prisión que abandonan mañana 694 reclusos nació como campo de concentración entre 1940 y 1947

11.12.11 - 02:38 -
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«Sufriendo estamos un pasado de culpas y de error que alumbra nuestro porvenir luces de redención». Tras el toque de cornetín muchos vecinos de Nanclares de la Oca se aprendieron esta estrofa del himno oficial que oían cantar a los internados cada mañana en el patio del campo. El lema fijado en la puerta principal era una declaración de principios: «Todo se puede perder menos el orgullo de ser españoles».
Cuando el maestro del centro penitenciario, historiador y actor, Juan José Monago, se encontró un día cinco libros ordenadamente apilados que habían sido escritos por el médico Mariano González en los que se describía las terribles enfermedades y la muerte de decenas de internos, se dio cuenta de que no estaba ante un simple dietario. «Aquellos libros que encontré en un sótano de la entonces prisión eran el testimonio directo de una cruel realidad sobre la que el franquismo echó una capa de tierra, silencio y olvido en cuanto la guerra se torció para su aliado el régimen nazi». Monago empezó a buscar documentos que no encontró nunca porque habían sido destruidos. Los campos de concentración pasaron a llamarse reformatorios tratando de borrar cualquier huella del pasado. Sin embargo, tras investigar en numerosas fuentes y realizar un sinfín de entrevistas, el autor consiguió hilar una narración sobre la historia del lugar que se convirtió en el libro 'El campo de concentración de Nanclares de la Oca 1940-1947', una denuncia sobre los métodos represivos de la postguerra.
Los terrenos de la cárcel de Nanclares, unas 60 hectáreas del lugar denominado montecillo de Gárabo, fueron ocupados a la brava por el Estado, aunque en 1957 se formalizó la cesión de la Junta Administrativa de Nanclares a la Dirección General de Prisiones. El primer destacamento formado por unos cien prisioneros y guardias comenzó a construir los barracones y las demás instalaciones en diciembre de 1940. La tala de encinas de los bosques colindantes para el uso de leña y la utilización de tierras para cultivos causó no pocos enfrentamientos con los vecinos de Víllodas y de otros pueblos.
Diseño nazi
La construcción del centro de internamiento duró al menos tres años. Su diseño, parecido a los recintos nazis, tenía forma trapezoidal, formado por ocho barracones cuyas entradas principales están orientadas hacia el Sur y controlados por una única torre de vigilancia, cuatro puestos de custodia, uno en cada vértice. Posteriormente, se añadió una doble alambrada de espino y un nido de ametralladoras en la torre principal que barría completamente el patio pincipal. Las instalaciones tenían, además, otros servicios como enfermería, zona de aislamiento, cocina, servicios médicos, serrería o vestuario.
Según Juan José Monago, llegó a haber hasta dos mil internos en algunos momentos puntuales. La diana sonaba antes del amanecer. Los hombres, vestidos de gris o de marrón, formaban compañías a las que se pasaba lista. Luego, se izaba la bandera y a toque de cornetín se daba la orden de firmes, a cubrirse y brazo en alto se cantaba el himno del campo.
Entre los internados había presos preventivos a los que se aplicaba la ley de vagos y maleantes; presos comunes, especialmente estraperlistas; numerosos milicianos republicanos que purgaban así «su error» al elegir el bando; brigadistas internacionales -hasta los años 90 hubo un croata que permaneció en el Asilo de Las Nieves-; soldados y oficiales alemanes que huían de la presión de los aliados en Francia, y militares de este país que habían llegado cuando se produjo la ocupación nazi.
Trabajos forzados
El trabajo que realizaron los internos fue picar y transportar piedra de una cantera próxima, pero también ayudaron a construir la carretera entre Ubidea y Villarreal (Legutio), el ferrocarril Vitoria-Miranda o el antiguo balneario convertido en colegio de los Menesianos, un lugar al que todos querían ir porque hay testimonios de que los religiosos los trataban bien y esos días al menos podían comer decentemente. También fueron usados por empresas que sacaron un beneficio gratis.
Uno de los gravísimos problemas a los que se enfrentaron los detenidos es lo que el médico llama eufemísticamente avitaminosis, pero que significa hambre y desnutrición. Esas carencias multiplican la incidencia de todo tipo de enfermedades: tuberculosis, cardiopatías, infecciones generalizadas o colitis. «Se encontraban con internos a punto de morir que pesaban 34, 39, 42 kilos. Piltrafas humanas. Las autoridades le prohibieron indicar muertes por inanición», señala Juan José Monago.
Entre los testimonios recogidos se conoce el de un diplomático italiano, Guido Flores, que se hizo pasar por trabajador social y pudo contar lo que vio a la agencia informativa Associated Press, que lo publicó con gran escándalo mundial. Durante su estancia escuchó testimonios de durísimas torturas y murieron apaleados 3 extranjeros. Otros 11 españoles fueron fusilados o muertos a palos. Este campo de confinamiento pasó a llamarse reformatorio en 1947 y después centro penitenciario.
Para mañana, está previsto el traslado de sus 694 reclusos a la nueva cárcel de Álava, situada en el antiguo polvorín de Zaballa. Para los que han estudiado su triste historia, «es necesario que perviva algún tipo de memorial que recuerde tanta barbarie y a los internos muertos en tan terribles condiciones», concluye Monago.
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Desfile. Los internos tenían un sistema militarizado por compañías. :: archivo centro penitenciario
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Trabajo. Un momento de descanso junto a los religiosos. :: archivo menesiano
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