«Es la última oportunidad de conocer a nuestras verdaderas madres». Una veintena de hombres y mujeres de entre 26 y 55 años que fueron abandonados al nacer en el convento de los Desamparados de Valencia, para entregarlos a matrimonios previamente concertados, han hecho un llamamiento en Internet con el fin de localizar a sus madres biológicas, principalmente en el norte de España. ¿El lema de la campaña?: 'Mamá, te busco'. Los expósitos, que residen en la Comunidad Valenciana, creen que pueden encontrarse en el País Vasco, Cantabria, Navarra, aunque también en Andalucía, comunidades de donde procedían las solteras embarazadas que durante décadas pasaron por la institución religiosa, conocida popularmente como el Santo Celo y que fue clausurada en 1987.
«Las chicas iban allí a ocultar el parto y pasaban entre tres y siete meses. Nada más dar a luz, cuando apenas habían transcurrido de dos a cuatro horas, los recién nacidos eran entregados a su futura familia, en ocasiones envueltos en una toalla», afirma Mercedes A.V., que nació en el Santo Celo y que es la portavoz del grupo creado en Valencia. La mujer, que prefiere no revelar su apellido, calcula que la casa convento, una institución privada, acogió entre los años 50 y 80 a varios cientos de chicas de «clase media y alta que procedían principalmente del País Vasco y su entorno, de Pamplona, Santander, Sevilla y Córdoba, entre otros lugares». «Nuestras madres pueden estar en Bilbao o en cualquier municipio de la zona», declara.
En el lecho de muerte
Para llegar a esa conclusión, Mercedes se apoya en testimonios de matrimonios adoptivos, madres biológicas y monjas que pasaron por el convento de los Desamparados, en la calle Jesús, que hoy es una escuela de enfermería y entonces estaba dirigido por las Mercedarias de la Caridad. Los bebés, afirma, eran entregados a «padres 'ficticios', que hasta los años 60 no figuraban oficialmente como adoptivos, sino biológicos».
La mayoría de los expósitos conocieron pronto su origen, ya que la edad de sus progenitores -algunos eran bastante mayores- y otras circunstancias 'extrañas' llamaban demasiado la atención y suscitaban las inevitables preguntas. No obstante, algunos padres sólo revelaron la verdad a sus hijos «cuando iban a morir», para aplacar «el sentimiento de culpa» por haber callado durante tantos años. «Nos consta que las madres biológicas también sufrieron al haber ocultado algo que se percibía entonces como una vergüenza», indica Mercedes. Hubo chicas que nunca superaron la separación del bebé e incluso buscaron a su hijo sin éxito pasados varios años. Una de ellas dejó de hablar a su padre porque éste pactó a sus espaldas el abandono del bebé.
Los niños del Santo Celo, muchos de los cuales se mantienen en contacto en la actualidad a través de la Red, no han podido encontrar documentos sobre su pasado, aunque han solicitado información a las monjas. No obstante, entrelazando unos relatos con otros han reconstruido, al menos, el funcionamiento de la institución donde vinieron al mundo y, al mismo tiempo, han descubierto cómo era todavía la sociedad española en algunos aspectos hasta bien entrada la década de los 80.
De viaje en el extranjero
En la casa convento de la Misericordia, aseguran los expósitos valencianos, solían alojarse casi siempre entre cinco y diez jóvenes encinta, que rara vez tenían menos de veinte años. Por regla general, procedían de familias acomodadas que querían evitar un escándalo y tenían relación con la Iglesia. Eran familias que, por supuesto, se oponían a la interrupción el embarazo, pero también a un casamiento apresurado con un joven que los progenitores consideraban no apropiado.
Según Mercedes, los padres cubrían los gastos de estancia en la maternidad, donde existía una «lista enorme» de matrimonios que esperaban ansiosamente a un recién nacido; «parejas que no eran escogidas necesariamente por su situación económica, pero que conocían a religiosos». Esas personas abonaban compensaciones por la entrega de los bebés, aunque no fueran exactamente pagos. La mujer menciona una donación de 50.000 pesetas «para cirios» en los años 70.
Oficialmente, las jóvenes del Santo Celo estaban de viaje en el extranjero, de vacaciones, estudiando idiomas o «haciendo un curso de mecanografía». Pasaban el embarazo en un ambiente cotidiano de tristeza, complejo de culpa y presión psicológica. Las que han relatado su historia a Mercedes dicen que «lloraron muchísimo» antes y después de pasar por el paritorio. «Al matrimonio que se iba a quedar con el niño se le avisaba con muy poca antelación. Esperaban casi a la puerta».
No obstante, el procedimiento cambió durante la década de los 70. El convento dejó de asistir los partos y las chicas empezaron a dar a luz en dos clínicas privadas de Valencia donde «siempre había habitaciones reservadas». Fue a partir de entonces cuando se introdujeron protocolos de adopción y se requirió la intervención de abogados.
Ni siquiera a partir de entonces los expósitos de Valencia han hallado indicios documentales que les permitan saber qué ha sido de sus madres ni dónde pueden estar ahora. Se proponen publicar anuncios en la prensa y difunden su caso a través de Internet. «Para ellas también es la última ocasión de vernos», afirma Mercedes.