Una valla invade la acera a pocos metros del acceso al puente peatonal que lleva al sector 13 de Salburua, lo que obliga a Isabel Bustamante a adentrarse en la carretera para poder ir a su casa. Es solo un tramo, pero sirve de advertencia de lo que le espera si continúa sus pasos. Ya en el puente, similar al que salva las vías del tren en el Bulevar de Salburua, los primeros síntomas de abandono se dejan notar. Junto al bordillo, la inmundicia se acumula entre el barro seco, mientras una alfombra de vidrios rotos se ubica en el otro extremo. «Cuando nos dieron las llaves, en el puente peatonal no había ninguna luz, las habían roto todas, y a base de estar llamando todo el rato las repusieron. Pero es que no han sido capaces ni de mandar a nadie para limpiar los cristales de debajo, y, además, hay preservativos, basura, carteras que roban y las tiran ahí...», recuerda.
Ella y sus 31 vecinos conviven con esta realidad desde que en marzo entraron a vivir en el único bloque habitado en la calle Isaac Puente Amestoy, que discurre paralela a las vías del tren. Desde entonces, las luces que fallan han sido una constante. «Hay algunas que ya ni se encienden, y a veces estamos a oscuras ocho días, porque fallan de repente todas», denuncia Bustamante a EL CORREO. Para ella, que vuelve a menudo a su casa de noche, esto supone una dificultad añadida. «Pero es que también hay muchos socavones y te puedes llegar a caer», añade.
No lo dice en vano. Al otro lado del puente su bloque se levanta en un paraje plagado de obras en el que las calles aún no están asfaltadas. El primer obstáculo que encuentra nada más llegar a la cuesta es que la acera está invadida por el material de las construcciones, y tiene que bajar a la carretera una vez más, «con el riesgo de que por aquí pasan camiones a gran velocidad», para acabar en una pequeña hendidura. «Lo peor es que esto lo tengo que hacer muchas veces con el carrito de mi nieto», protesta.
Superado este complicado recorrido -para acceder al lugar hay otros dos pasos para coches, pero que los vigilantes de las obras cierran de noche para evitar robos-, lo que se encuentra después mina aún más los ánimos. En una farola, las bolsas de basura se amontonan, mientras que por la inexistente calzada, restos esparcidos campan a sus anchas. «El Ayuntamiento nos dijo que pusiéramos las basuras ahí, y vienen una vez al día a recogerlo», apunta José Aparicio, otro de los residentes resignados. Su compañero José Mari Estabillo puntualiza. «Algunos días pasan en varias ocasiones, pero otras veces no viene nadie, en verano la basura se quedo allí sin recoger».
Temor a las lluvias
Los tres son los portavoces de un malestar colectivo para el que llevan meses reclamando una solución al Ayuntamiento. «Hemos puesto quejas a través del buzón ciudadano y hasta llamamos a Ángel Lamelas, por lo que conocen nuestro caso, pero nos sentimos abandonados. Se supone que si tú compras una casa tiene que tener todos los elementos comunes ya en marcha, pero no tenemos ni un contenedor ni nada, y con el tiempo puede llegar a haber hasta ratas», critica esta afectada.
Lo que reclaman es sencillo. «Queremos que se asfalte esto y que se haga una limpieza constante y exhaustiva», reivindican, con la vista puesta en la proximidad de las lluvias. «Toda esta polvareda levantada y el lodo se va a convertir en barro, y lo peor es que las alcantarillas del puente están atascadas, por lo que el riesgo de que se inunde el único paso seguro que tenemos está muy presente», advierten. Para Ioseba Martínez de Gereñu, presidente de la asociación Burdinbide, la situación es «insostenible. A estas alturas no se puede concebir que se entreguen unas casas en estas condiciones», denuncia.