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«Los nacionalismos recurren a una ingeniería lingüística», dice Laínz

CULTURA

«Los nacionalismos recurren a una ingeniería lingüística», dice Laínz

El autor cántabro recoge el uso político de las palabras desde el siglo XVIII hasta hoy en su nuevo libro 'Desde Santurce a Bizancio'

04.10.11 - 02:38 -
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Los enfoques políticos separatistas continúan en el punto de mira del abogado y empresario Jesús Laínz. El autor cántabro ya había abordado anteriormente diversas realidades históricas en 'Adiós, España. Verdad y mentira de los nacionalismos' o en 'La nación falsificada' -donde repasaba el papel de vascos y catalanes en la construcción de España-, pero ahora se ha querido centrar en el uso y la manipulación del lenguaje.
«Los nacionalismos utilizan una ingeniería lingüística», señala el autor, que ayer presentó su libro 'Desde Santurce a Bizancio. El poder nacionalizador de las palabras' en la Casa de Cultura Ignacio Aldeoca de la capital alavesa. El escritor, que estuvo acompañado por Ernesto Ladrón de Guevara y Primitivo Prieto, realiza «un análisis de cómo se ha usado el lenguaje, no sólo en España y no sólo ahora, sino desde el siglo XVIII hasta la actualidad», precisa.
La terminología adscrita a unas ideas políticas ha supuesto «disparates, locuras y, lamentablemente, hasta crímenes en todos los momentos históricos y países», según ha constatado el autor. Laínz cita como ejemplos de lugares donde «se pegó o mató por las calles por cómo debía hablarse» naciones como Noruega, hasta principios del siglo XX, o Grecia, durante casi todo el XIX y hasta 1976.
Eso sí, el país «más distinguido por su vocación 'lingüicida'» ha sido Francia, donde se han promulgado «decretos y leyes para la extirpaciónde las lenguas regionales». Una muestra aparece en una de las 50 ilustraciones del libro, donde «un cartel de la Tercera República prohibía a los niños cosas como escupir y hablar vasco, bretón o provenzal, según la zona. Algo impensable en España».
En el País Vasco
El caso vasco es uno de los que ha estudiado Laínz, quien aprecia en el nacionalismo «una intención sistemática de hacer una revolución toponímica, para eliminar las denominaciones castellanas». Entre estos casos, cita a Fuenterrabía -«¿Tiene sentido quitar un nombre de 900 años?», se pregunta el autor-, la «traducción reciente» de Ribera Alta por Erriberagoitia, la villa que López de Haro bautizó como Bilbao o el término Sukarrieta «que se inventó Sabino Arana para Pedernales, porque no le gustaba».
Laínz llega a comparar el proceso con «cuando los perros o leones hacen pipí para marcar territorio». Y, además, subraya que «la norma aparentemente lógica de la mayor antigüedad sólo se aplica cuando el nombre más viejo es en euskera».
El ensayista también repasa el proceso de cambios de nombres y apellidos, que ayudarían a una integración y a una «fidelidad patriótica». Laín concluye que «lo realmente triste es que la gente se fija más en barbaridades que se han dado en otros países y épocas que en lo que tiene más cerca. Se ve más la paja en el ojo ajeno y lejano que la viga en el propio y cercano».
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El ensayista Jesús Laínz, con su libro 'Desde Santurce a Bizancio', antes de la presentación en la capital alavesa. :: JESÚS ANDRADE

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