Para no saber ni pegar un botón, lo ha bordado. Hay mujeres que parecen caer siempre de pie. María Carolina Josefina Pacanins y Niño, como fue bautizada, ha disfrutado desde niña de una vida de ensueño y glamour. Si hubiera que ponerle un pero a la acomodada vida de una de las grandes damas de la moda, seguramente habría que retrotraerse a su primer matrimonio, que solo duró seis años. A los 24 años, ya estaba divorciada y con dos hijas.
Por lo demás, su biografía incluye muy pocos tachones. «Nada en la vida viene solo. Todo lo que consigues es siempre a través de un enorme esfuerzo», reflexiona. Es verdad que Carolina Herrera, una mujer muy religiosa y apegada a su familia, lo ha tenido bastante fácil. Ligada a la aristocracia venezolana, su padre fue canciller y gobernador de Caracas, y su madre y abuela solían viajar con frecuencia a París para que les tomaran las medidas en los talleres de alta costura de Lanvin y Balenciaga. Tras enamorarse «locamente» de Reinaldo Herrera, un joven con fama de 'playboy' y con el título de marqués de Torre Casa, vivió a caballo entre su exquisito piso del elitista Upper East Side neoyorquino y La Vega, la fabulosa hacienda familiar de 65 habitaciones. Construida en 1590, está considerada la casa habitada más antigua de Sudamérica.
Durante años, Carolina se dedicó a criar a las dos hijas habidas en su primer matrimonio -Ana y Mercedes- y a las que tuvo con Reinaldo: Patricia y la que lleva su nombre, con la que trabaja codo con codo. «Yo respeto hasta donde llega mi sitio y ellas el mío. Y estamos muy unidas, pero ninguna se entromete en la vida de nadie». Al igual que su suegra, la escritora y traductora Mimi Herrera, se hizo imprescindible en los salones de la alta sociedad de Manhattan. Trabó una fuerte amistad con el histórico Andy Warhol, que la retrató, y Robert Mapplethorpe. Siempre mostró una especial habilidad para moverse como pez en el agua en el mundo bohemio.
Disfrutaba de toda clase de lujos, pero a los cuarenta dio un giro vital: a cada persona le llega un momento en que desea ser diferente. Lo curioso es que se decantó por la moda. Ni siquiera de niña le dio por vestir a sus muñecas. Entonces deseaba ser la mejor amazona del mundo. Eso sí, con 15 años soñaba con ser una vampiresa. La legendaria directora del 'Vogue' América, Diana Vreeland, le aconsejó que dejara del diseño de telas «que le aburriría» y que lanzara una colección. Se inspiró en el Hollywood de los años 40.
La señora de las mangas
Evidentemente, a Carolina la recibieron con las escopetas cargadas. Tuvo que luchar contra los prejuicios de quienes tildaron su incursión como el capricho de una mujer ociosa. Muchos pensaron que aguantaría «una o dos temporadas en este juego» y luego se retiraría a sus cuarteles de invierno. Pero su empeño por vestir a una mujer que le gustaba sentirse «muy chic, más femenina y diferente, y no víctima de la moda» cuajó totalmente. 'Nuestra señora de las mangas', como la se empezó a conocer por la forma tan laboriosa de cubrir los brazos de las clientas que eligieron sus emblemáticas camisas blancas, se hizo pronto célebre en Nueva York.
Treinta años después de crear su firma, nadie discute su talento y éxito profesional. Durante los últimos doce años de su vida, Jackeline Kennedy vistió de Carolina Herrera. Además, se ha encargado del fondo de armario de casi todas las primeras damas estadounidenses. Desde Hillary Clinton a Nancy Reagan pasando por la señora Bush. Solo se le resiste Michelle Obama, pero tampoco parece quitarle el sueño. Amante de la misa dominical esté donde esté -«soy muy católica y romana»-, parece empeñada en ofrecer generosas dosis de lo que es su «obsesión: glamour, glamour y glamour».
Para garantizar el éxito de la receta, madre e hija respetan un código no escrito. A sus 72 años, la 'jefa' sigue volcando todo su esfuerzo en la labor creativa sin preocuparse de los números. «Me educaron muy mal y recordándome que nunca se debía hablar de dinero». Enemiga de la cirugía estética y partidaria de envejecer con dignidad -«no entiendo a la gente que se quita edad ni que viste a los 60 como si tuviera 30 porque no hay nada más triste que un hombre o una mujer pretendiendo tener una edad que no tiene»-, huye de las tendencias. «Son aburridísimas. Para hacer ropas de tendencias, mejor diseñar uniformes militares que son más iguales», opina.
Carolina Adriana, directora creativa de la división de fragancias de la compañía y futura sucesora, está encantada con el consejo que le dio un día su madre: «que nunca me creyera lo que escribieran de mí». Quizá por eso hace tiempo que se sacudió los complejos de trabajar junto a una mujer tan exitosa. «Nunca me hace sombra ni necesito diferenciarme de ella». Tampoco parecen existir celos entre ambas. «Jamás he entendido la rivalidad entre madres e hijas. Si existe, es porque hay algo que no está claro y no se ha hablado», asegura una diseñadora que lo único que no perdona en un hombre es que «lleve la camisa demasiado abierta para mostrar el pecho».
Pese al buen rollo que mantienen, tampoco obvian las diferencias que les separan. La madre no puede vivir sin los espejos grandes en casa -«son el mejor accesorio para saber vestirse bien»- y detesta los tatuajes que tanto le divierten a Carolina Adriana, casada con el exmatador de toros Miguel Báez Litri. «Tuve un novio que se dibujó su nombre en el pene», ironiza, al tiempo que asegura que el lujo es muy útil para asimilar los malos momentos económicos. «Se compra para olvidar y recuperar la vida de uno». Se sepa o no pegar un botón.