El cariño se demuestra andando. O tirando de cesta al hombro, pasando relevo con la seguridad de que alguien esperará en lo más alto de la cresta (artificial, metálica) que se levanta en los Jardines de la Florida. Y sumando esfuerzo a la limón, en un abrazo sincero, fraterno, para reventar el grano con las plantas de los pies desnudos y extraer de esa manera la esencia de lo que han sido doce meses de trabajada espera en los renques de la campiña jarrera. Y haciendo ejercicio de paciencia, al sol o a la sombra, en ambos casos de pie, para arrancarse definitivamente por el pasillo que conduce a las faldas de la imagen de la Vega, reina sobre una impresionante montaña de flores que parece emerger sobre el solado de sus jardines por generación, o sentimiento, espontáneos frente a una mole arquitectónica que estropea el lienzo.
Pruebas, se sostiene, son amores que no buenas razones. Y el vecindario de Haro vuelve a ajustarse al guión de esa máxima tan arraigada que parece resumir de cabo a rabo todo lo sucedido durante la jornada de ayer, la más grande de las fiestas de septiembre, las suyas.
Porque es cierto que a la festividad de la patrona de la ciudad le fueron poniendo color las cestas y ramos puestos a sus pies por los mandatarios de la región y todos sus confines, y con ellos y en orden estricto el resto de las instituciones, colectivos y asociaciones que estructuran la dinámica social del municipio riojalteño. Pero resulta mucho más evidente que el manto de estreno, el que no ha sido realizado con telas de Valencia, ni bordado con hilo de oro, sino con pétalos y tallos que concentran el impulso positivo de sus paisanos, ganó estampa, y brillo, y presencia, y prestancia incluso, cuando se arrancó la muchedumbre anónima que esperaba al cierre de la pasarela oficial, en los últimos instantes de la ofrenda que siguió, puertas afuera, a la misa oficiada en tono solemne bajo las naves de su basílica.
Entrega abierta, incondicional, de una ciudad que se siente vinculada al vino y que convierte al vino en santo y seña. Queda claro. El primero de los dos actos que acabaron concentrando el homenaje de Haro a la señora de la Vega (del Ebro y del Tirón, de los Montes Obarenes, de los llanos que conducen a Santiago por el alto de La Zaballa) arrancó con la sangría de las uvas vendimiadas en los pagos de la comarca, y la entrega de los primeros sorbos del mosto que fue destilándose generoso por el grifo de la tina sobre la que patearon Paula Luzuriaga y Andrés González.
Y se hizo mientras remarcaban Banda y Polifónica los compases del 'Himno al vino' incrustado en el sainete 'Vega la jarrera', antes de llegarse desprendido en la réplica del jarro que identifica a los vecinos de Haro junto al ramo de cebada con granos de trigo que recuerda año tras año el milagro que se le asigna a la advocación mariana cuando arreciaba el hambre en algunas casas. De manos de la mayordomo María Montoya que resumió el sentimiento de toda la asistencia. «Me cabe», dijo asiendo las asas de la cerámica, «el honor de ofrecerte estos símbolos, primicia de los frutos de las tierras de la Rioja Alta: el primer mosto, de las primeras uvas, que hemos pisado en tu honor, y este ramillete de una nueva cosecha de espigas». Uno y otras, dejó claro antes de imaginar un mar salado y brillante en sus pupilas, «simbolizan mucho: entrega, devoción y amor hacia ti, madre».
Claqueta. Segunda escena. Ambientada en el estudio de un artista. Comienza la creación de una gran obra de carácter colectivo. Quienes representan y quienes son representados, cientos en la mañana de ayer, empezaron a dar brochazos de colores hechos con gladiolos, margaritas, violetas, rosas, claveles... A diestro y siniestro, sin bosquejo prestablecido. Y la talla gótica que concentra todo lo mejor de esta tierra empezó a elevarse sobre un 'collage' inesperado, cierto, envidiado, que acabó por convertirse en senda floral. De abajo a arriba, de arriba a bajo. Escala tendida asequible, amable, que acabó enterrando la escala dura, escarpada, abrupta, que condujo de inicio al pisado de la uva.
Metamorfosis, en fin, de una oración ecuménica que, de mañana, acabó convirtiéndose, al unísono, en 'Salve' e 'Himno de Haro'; y en secreto al atardecer, ajena ya al insaciable martillazo del sol que iluminó el día más grande y feliz de las fiestas, hecho a la medida de la anfitriona.
La escala, para entonces ola acogedora, mansa, paseó por las calles de la ciudad a los pies de la patrona, apenas definida por el tintineo de la luz los faroles que volvieron a componer de nuevo su rosario. Pareció ofrecerse como camino de rosas a quienes vieron su despliegue callados, clavados en una imagen que pareció pasar de puntillas sobre sus miradas, con gesto feliz, tratando de no llamar la atención, creando un universo repleto de silencio que sólo consiguió alterar, una vez más, el canto de su 'Salve', envuelta esta vez en la obscuridad.
De su manos, con su escalinata, el cielo parece estar más cerca.