Para ser recordado eternamente en la villa de Artziniega basta con hacer caso a un cartel colocado en un pilar del antiguo ayuntamiento en el que estaba escrito: «Sea inmortal». Había precios variables. Por 5 euros, quedabas retratado para siempre en un pergamino que te podías llevar a casa. Por 20 euros tu cabeza permanecerá expuesta en un muro del edificio como un integrante más de un cuadro comunitario que recuerda a 'Las Lanzas' de Velázquez. 50 euros, por cabeza y busto, y 150 por el cuerpo entero.
La idea es original y forma parte del espíritu participativo que ha caracterizado siempre las catorce ediciones del Mercado de Antaño, una fiesta de ambientación histórica, que enorgullece a los habitantes de la villa y que atrae a miles de forasteros cada año. Ayer volvió a celebrarse con menos público asistente que otros años, pero con la misma atmósfera de fiesta y diversión.
«Es un domingo en el que coinciden las fiestas de Bilbao, las de Gordexola, y sobre todo que es fin de mes y no hay dinero», comenta Imanol Aretxabala, exalcalde de la localidad, que echa de menos una fecha fija -ya ha sufrido varios cambios- para la feria.
«Aquí nos implicamos los del pueblo para crear este ambiente. Esa es la diferencia con respecto a otras fiestas de este tipo», comenta Ana Ribacoba, una joven que lleva uno de los curiosísimos tocados blancos de las damas. Un desfile de espectaculares modelos correspondientes a cada capa social se pudo ver en la balconada de la vieja casa consistorial. Cada uno de ellos requiere un estudio histórico sobre la época, el personaje, los tipos de tela que se usaban y muchas horas de trabajo para volverlos a confeccionar.
Un trazado gótico
Desde que se entra bajo el recreado arco medieval que abría las puertas de la villa amurallada, el visitante se encuentra con un decorado de película. Ha hecho falta un pequeño esfuerzo para adornar de pendones, banderolas, escudos y estandartes las casas, torres, palacios y conventos. Pero, Artziniega, siguiendo el trazado clásico de los burgos amurallados tiene tres calles, la de Arriba, la del Medio y la de Abajo y varios cantones. Esa configuración gótica y un adoquinado más apropiado para caballerías que para personas es la que refuerza la impresión de que el medievo ha regresado.
Además de los puestos de productos artesanos -alrededor de sesenta- con estrellas como las rosquillas de las madres agustinas, los tradicionales talos y pasteles vascos o el pacharán de Artziniega, la calle se llenó de sorpresas y personajes de la época. Saltimbanquis, bufones, magos, gentes de mal vivir, leprosos, afiladores, aguadores, damas y caballeros, frailes, soldados, campesinos, herreros, todos ponían la nota de color y, cuando hablaban, el lenguaje retrocedía cinco siglos.
En una de las representaciones callejeras un grupo de animados peregrinos que tocaban el atabal, la zanfoña, la gaita y la txirula asistían a las bodas de Gerineldo y Berenguela, una pareja que puso estos nombres a las cuatrillizas que tuvo en el primero parto: Socorro, Auxilio, Amparo y Consuelo. Fueron las primeras palabras del aterrorizado padre.
El arca de Ginés
Humor y buenas historias no faltaban. Un extraño fraile paseaba con cayado por la calle de arriba. Era Vitulo, el monje que trajo el txakoli a la zona, «allá por el siglo VIII. Existe documentación en los archivos del Vaticano. Estaba ligado a un antiguo monasterio de Retes de Tudela. Era un vino verde. La villa estuvo siempre llena de viñas. Ahora queda algo testimonial», reivindica el viejo Vitulo.
Ginés López es un tipo especial. Le gustan los animales y entretener a los niños. Su arca es uno de los focos de mayor atención, especialmente de los pequeños. «Ellos no fingen. Procuro traer siempre a las madres con sus crías. Todos son domésticos. Algunos me los prestan. La burra ha tenido gemelos», dice. En sus pequeños corrales, cabras, conejos, gallinas, ponis, burros hacen la delicias de todos. Un cerdo de 150 kilos llamado 'Como yo', atado a una barandilla, era otra de las atracciones. «Pero si yo he conocido todas estas bajeras de las casas llenas de ganado. Siempre ha habido animales en las casas», recuerda Ginés, que ha visto llorar a abuelos que recordaban su infancia al ver las gallinas. Su mujer, Toñi Alonso se encargaba de recrear las duras labores de la colada cuando no existían las lavadoras.
En la calle de Abajo estaba otra de las atracciones, la herrería de Pablo Respaldiza. «Todas las herramientas, el fuelle, el carbón vegetal, está igual que cuando mi abuelo empezó a trabajar en 1903. En esa época hubo hasta cuatro en el pueblo. Todo declinó cuando comenzó la industrialización y la mecanización del campo. Los del Museo Etnográfico nos ayudaron a ordenar y recuperar la fragua. Para mí es un orgullo. Se puede ver el trabajo del herrero tal y como ha sido durante siglos», explica el nieto del fundador.
Bajo los soportales del Ayuntamiento los pintores Alejandro, Jorge, José María, Fernando, Pilar, Luis y Marisol, siguen con su obra. Los inmortales de Artziniega.