El miedo es la ley en los descensos. «Yo soy de poco miedo, pero hoy lo he pasado», cuenta Pablo Lastras, segundo en Córdoba. Lastras es de los que asusta a los demás en cada cuesta abajo. Su destreza. Arranca justo antes de coronar el puerto y apura los primeros giros del descenso hasta la última fracción del último centímetro. La carretera que se descuelga hasta la mezquita cordobesa se acuerda bien del madrileño. Aquí ganó en 2002. Nadie le siguió esa tarde. Le temen. En cambio, ayer le pasaron cuatro y vestidos igual, con el uniforme del Liquigas: Nibali, Sagan, Agnoli y Capecchi. «Ha sido increíble». Lastras se frotaba los ojos. Y por primera vez pasó miedo. «Parecía un suicidio. Algunos no frenan». Sagan.
A Sagan, el prodigio eslovaco de 21 años, le llaman 'Rambo'. Aquello era Vietnam. Sagan viene del ciclocross, del mountain bike, de trotar sobre barro y hielo, de un deporte para gente sin miedo, sin vértigo. Nibali, el capo de la banda, es siciliano. Basta con eso. A tumba abierta. Cuatro 'Liquigas' y Lastras. Nibali quería cobrar la etapa y los 20 segundos de bonificación. Y ahí falló. Esa fue la única nota que desafinó en la sinfonía del Liquigas. La presencia de Lastras, listo siempre, obligó a Sagan a ganar la etapa. «He tenido que hacerlo», se disculpó el ciclista más joven de la ronda. 'Rambo' se quedó también con los 20 segundos; 12 para Lastras... Y ocho para Agnoli, que, sin querer, le robó ese premio al cabreado Nibali, el ganador de la Vuelta 2010, el que más hace por ganar la de este año. Agnoli entró disculpándose. Se casa en octubre. Y Nibali irá de testigo a la boda. «No sé si ahora cambiará de idea», se preguntaba, medio en broma, el abrumado Agnoli. Ya se arreglarán.
Nibali canjeó el miedo de sus rivales por un puñado de tiempo: a 17 segundos llegó Rodríguez, 'Purito'. Echaba humo. «Los Liquigas han cogido el rebujo de una moto y se han ido», bramaba. Con el catalán entraron el sólido Mikel Nieve, Bruseghin, Chavanel (aún líder), Cobo y Scarponi, atento siempre. A 23 segundos y a 37 grados de calor aparecieron Zubeldia, Wiggins, Brajkovic, Sastre, Van den Broeck, Menchov, Sergio Pardilla, Dani Moreno e Igor Antón, el dorsal 51, el que siempre cierra el pelotón. Así se siente en su interior: el último. Tiene tendencia al pesimismo. La botella medio vacía. Se ha dado de bruces con la presión que supone ser favorito en una gran vuelta. Eso que tiene se cura con una victoria que ahora parece lejana. Le han recetado paciencia.
Locura de salida
Antón tendrá que esperar su momento en una Vuelta que no espera a nadie. En Úbeda, bella, renacentista y con oleadas de olivos golpeando en sus muros, los jueces dieron la salida con un cuarto de hora de adelanto. Había ciclistas aún de charla en el autobús. La Vuelta se iba sin ellos. Alarma. Un par de juramentos y a correr. La mala leche acelera mucho. Ya no pararon: más de 50 kilómetros en la primera hora. Por Linares, donde 'Islero' mató a 'Manolete', la carrera era un desenfreno. Una corrida. Un caos. Nibali, Wiggins y Menchov se quedaron cortados. Atacó 'Purito'. La locura. Sólo llegó la cordura cuando al fin se pactó la fuga: Saramontins, Kohler, Palomares (el equipo Andalucía seguirá al menos hasta 2014) y Yukihiro Doi, el primer japonés que corre la ronda española.
El alto del Catorce por Ciento, que así se llama, difuminó la escapada. El que le puso ese descriptivo nombre no mentía. Rampa cocida. Ciclistas escaldados tras seis días a la parrilla. El Leopard apretó para eliminar velocistas y desbrozar el camino de su esprinter, Bennati. Parecía que en juego sólo estaba la etapa. Lastras, con la pancarta del puerto a un vistazo, expuso sus intenciones. Coronó e inició su vuelo en busca de Martin y Moncoutié, que habían saltado antes en el ascenso. Lastras, navegando con temple entre las curvas, ya hacía sus cálculos. En eso, como un escalofrío, le pasó Sagan. Un tipo de verde. Dos. Tres. Y cuatro. Con Sagan venían otros tres del Liquigas, Agnoli, Capecchi y Nibali, otro motero, otro loco que se divierte con el riesgo. Tan rápido iban que hasta asustaron al que nunca pasa miedo, a Lastras. Culpa de Sagan.
La bestia. 1,84 metros y 73 kilos. Cara de ángel. Piernas del demonio. Niño pobre de Zilina, a 200 kilómetros de Bratislava. Al padre le quebró el bar. Mal rollo para criar a cuatro hijos. Eso sí, quiso que hicieran deporte. Primero el fútbol y el kárate. Luego, de rebote, el ciclismo. A Sagan le compraron una bicicleta de mountain bike verde en un supermercado. De rebajas. La necesitaba para ir y volver a la escuela. El talento sale solo. Enseguida fue plata en el mundial juvenil de ciclocross y bronce en el Campeonato de Europa de mountain bike. Y segundo en la París-Roubaix juvenil. El Quick Step se fijó en él para la ruta. Le probó con apenas 19 años y no le fichó. Demasiado joven. A Sagan le sentó mal. Casi se olvida de la ruta, de la carretera. Pero una joya así reluce tanto que siempre hay alguien que lo ve. La firma de bicicletas Cannondale le hizo hueco en el Liquigas. Fue cuarto en su primera carrera, el Tour Down Under de 2010. Allí salió a un ataque de Evans. Y enseguida acabó quinto en el prólogo de la París-Niza, delante de Contador. Días después ganó ya una etapa. 'El fenómeno', le bautizaron. Rambo precoz. Desde entonces no deja de ganar. Incluso cuando no quiere, como ayer en Córdoba.