Las carcajadas a golpe de vista son parte de la firma de la casa. Patrice Thibaud llega hoy al polideportivo Arrazpi Berri, a partir de las 22.00 horas, para demostrar por qué su humor gestual es disfrutado por públicos de muy diversas latitudes y edades. Sólo hay que echar una mirada al escenario.
En esta ocasión, su vehículo para la comicidad lleva por título 'Cocorico'. «Es un espectáculo que gusta mucho a la gente. Y cuando digo la gente me refiero a toda la familia, todas las edades, porque tiene muchas referencias a la vida de cada día y a las emociones... Es un poco como una película de Chaplin, donde el abuelo se ríe al ver reír al niño y viceversa», describe.
Thibaud subraya el carácter universal de un montaje -posiblemente, la pieza más exitosa de este aclamado cómico- que «no tiene palabras, es muy visual y con mucha música. Hay referencias a los grandes humoristas americanos de principios del siglo pasado, como Chaplin y Keaton, pero también a Jacques Tati y Louis de Funès en Francia, Mr. Bean y, también, El Tricicle, en España», cita el artista.
En alguna ocasión, se ha calificado a Thibaud como mejor cómico del mundo. Él mismo explica que «es una sensación particular. Mis abuelos del lado de mi madre son españoles, al igual que ella. Hace veinte años, mi abuelo se estaba muriendo y no llegó a ver mi carrera. Cuando estaba en Madrid con 'Cocorico', dijeron eso de mí en un periódico y pensé que si mi abuelo estaba en el cielo y lo veía estaría contento». El cómico francés puntualiza que «hay muchos artistas diferentes y no pienso ser el mejor, aunque el reconocimiento sea como una victoria de cara a mi familia».
Otro de los elementos básicos del 'show' es el segundo factor humano, el músico Phillipe Leygnac. «Lo encontré haciendo un espectáculo de éxito en Francia. Cuando necesité un músico para el mío, ví que Phillipe era perfecto. Su música inspira mi interpretación y mi labor en escena inspira su música. Además, tenemos exactamente la misma edad y las mismas preferencias de cómicos». Pero no coinciden en todo. «Físicamente, somos muy distintos, un poco como Laurel y Hardy. Soy, grande, masivo, mientras que él es pequeño. Yo no tengo pelo y él, sí. Físicamente, funciona y musicalmente, es muy sencillo, se queda en tu cabeza y la gente la puede cantar al salir».
Un niño reservado
La gestualidad de Thibaud, nada que ver con el tópico del mimo francés, comenzó a ser un medio de comunicación ya en su infancia. «Mi padre se fue cuando yo tenía 7 años. Mis abuelos son como mis padres, y me influyó el humor de su tiempo. Empecé a actuar en teatro en la escuela y allí también hice mis parodias de Chaplin. Además, me volví muy reservado y hablaba muy poco. Los gestos me ayudaron a comunicarme y a superarlo», recuerda.
«Mi mayor sorpresa es que la gente reacciona igual en Hong Kong, en Japón, en México, en España o en América. Hay momentitos en que hay diferencias, pero en general, se ríen con la misma cosa, la poética del espectáculo les llega. Es una historia universal, entre dos seres humanos». Pero, eso sí, Thibaud reconoce que «lo más difícil» es enlazar esos momentos de humor para poder construir una historia.