No hay que irse hasta las montañas de sal en Dry Creek, en Australia, o la galería de la Salina Turda, en Rumanía, para apreciar el método de la recogida de la única roca mineral comestible para el hombre, sinónimo de salario en el Imperio Romano. El enclave queda a unos veinte kilómetros de la capital alavesa, en Añana, destino que la consejera de Cultura del Gobierno vasco, Blanca Urgell, visitó ayer para comprobar la edificante experiencia que viven los 17 jóvenes extranjeros que participan en el campo de trabajo internacional del Valle Salado alavés. El programa permite a chicas como la rusa Daria, de 19 años, «disfrutar de unas divertidas vacaciones y conocer el interesante proceso de la recogida de la sal, así como relacionarme con gente de otros países con los que puedo practicar inglés y español».
El proyecto, clasificado en la modalidad 'Medio ambiental y recuperación del patrimonio', tiene como finalidad la restauración de las salinas y la producción de sal, lo que supone «un ejemplo precioso de cómo la recuperación del patrimonio, no sólo de la memoria histórica, también es una oportunidad social y económica para un municipio como Añana», destacó Urgell.
No en vano, desde el Gobierno vasco «se está trabajando para que todo el conjunto del valle sea declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad». Por este motivo, además de colaborar en la recuperación de las salinas, desde Cultura se ha programado en Añana, a iniciativa de la fundación que gestiona el Valle Salado, uno de los campos de trabajo para la juventud, donde «jóvenes de muchas nacionalidades están aprendiendo cómo se elabora la sal y cómo se distingue, y todo ello mientras viven en este entorno maravilloso».
Como recordó Urgell, que recorrió todo el itinerario turístico junto con el alcalde del municipio, Juan Carlos Medina, y el arqueólogo Alberto Plata, hace 27 años el valle fue declarado monumento histórico nacional y ahora se pretende conseguir la distinción de la Unesco. «Lo que hace una buena recuperación, por una parte, es ayudar a la autoestima del pueblo, a que se cohesione, y mantener a los habitantes en una Álava en la que los pueblos parece que tienden a hacerse cada vez más pequeños, con lo importantes que son». Por otra parte, «genera economía en torno al patrimonio y el propio patrimonio da puestos de trabajo y atrae al turismo si se sabe hacer bien».
De Serbia a Corea del Sur
Por ahora, desde Cultura «estamos ayudando en todo lo posible y en todo lo que nos compete a que la calificación de la Unesco sea conseguida». Y es que no hace falta ser un experto para corroborar lo que sin duda apreciaron la veintena de jóvenes del campo internacional de trabajo. La alemana Jennifer, sin ir más lejos, elogió el «increíble marco natural» que rodea las salinas, además de considerar su labor en las eras como algo «de gran interés y valor». Similares motivos esgrimieron el resto de participantes de entre 18 y 15 años, procedentes de Francia, Grecia, Serbia, Eslovaquia, Turquía, Bielorrusia, Polonia y Corea del Sur, que comparten esta valiosa experiencia con otros jóvenes vascos. Juntos aprenden a restaurar los entramados y plataformas que después se emplearán para la cosecha y producción de sal en el interior de un paisaje cultural histórico, al tiempo que se instruyen en el método empleado por los salineros durante generaciones.
El Gobierno vasco ha ofertado 537 plazas en campos de trabajo, en una iniciativa que funciona desde hace 26 temporadas en colaboración con los ayuntamientos.