Todo el que ha introducido su mano en las aguas del río Ebro, cerca de la central nuclear de Garoña, nota que están extrañamente calientes. ¿Mucho? ¿Poco? ¿Afecta ese agua tan caliente a un ecosistema como el río Ebro? Ayer, Greenpeace volvió a poner cifras y datos a esa sensación y denunció que sí que afecta a las criaturas vegetales y piscícolas que lo habitan, aunque los estudios en ese sentido no han hecho nada más que empezar. En contra de esas opiniones, Nuclenor, la empresa que gestiona la central, mitad Iberdrola, mitad Endesa, volvió a desmentir que esa temperatura a la que somete la actividad de la planta al Ebro tenga «significación ecológica». Los incrementos son muy bajos, según demuestran también los propios informes de la empresa.
El portavoz de la campaña antinuclear de la organización ecologista, Carlos Bravo, presentó dos informes y los comparó. El primero de ellos se realizó en febrero de 2011, en pleno funcionamiento de la planta atómica. El segundo se efectuó el pasado mes de mayo, coincidiendo con la inactividad de Garoña durante la parada de casi un mes para la recarga de combustible.
Bravo recordó que las muestras del primero de los estudios dieron una diferencia de temperatura muy notable. Así, mientras en el término de Cuezvo registraron 5,3 grados, en la zona de descarga del agua de refrigeración se alcanzaron los 24,3 grados: 19 grados entre un punto y otro. Como conclusiones, Greenpeace sostiene que el embalse de Sobrón registraba temperaturas superiores en 10 grados a las que se podían esperar.
En el segundo informe, el de mayo, las temperaturas apenas oscilan entre los 16,5 grados en Frías y los 21,1 de la central, un aumento debido a la acción solar y a la reducción de la velocidad en las proximidades del embalse.
Similar a Fukushima
Según Greenpeace, cuando Garoña no funciona no se produce contaminación térmica en las aguas del río. Las grandes necesidades de refrigeración de la central, 720 hectómetros cúbicos al año, son las culpables de este comportamiento. Garoña tiene un sistema similar al de la central japonesa de Fukushima, dañada precisamente al fallar el mecanismo de enfriamiento por el tsunami.
Según Carlos Bravo, el máximo incremento admisible permitido debe ser de 3 grados, normativa que se incumple en la planta de Burgos. Por ello, exigió la parada de la central hasta que se construya una torre de refrigeración y advirtió de que llevará el asunto a los tribunales. Bravo se mostró muy preocupado por el grave deterioro de las aguas del embalse. Su eutrofización impide, aseguró, la vida de especies autóctonas como los salmónidos.
La firma propietaria de la planta, Nuclenor, rechazó, sin embargo, la acusación al asegurar que la central cumple la legislación vigente «en todos sus extremos, también en lo referente a las actividades de refrigeración. Así lo ratifican las inspecciones y auditorías a las que periódicamente se somete la planta y los informes que se realizan para la Confederación Hidrográfica del Ebro». El último estudio publicado es de 2010.
Frente a estos argumentos, el portavoz de Greenpeace consideró llamativo que los informes que presenta la central no estén realizados por la Confederación Hidrográfica del Ebro, el órgano controlador, sino por la propia empresa.