El pasado jueves, cuatro motoristas a bordo de sus clásicas monturas iniciaron un recorrido con mucha historia. Ramón Ayo, José María Amézaga, Josu García y Agustín Heredia afrontaron los primeros kilómetros de la Bilbao-Málaga-Bilbao, mítica carrera recuperada por el Club Deportivo de Bilbao. Bajo un persistente sirimiri, los cuatro motoristas arrancaron los motores de sus viejas pero entrañables motos rumbo a Málaga para completar un itinerario de 2.000 kilómetros en cuatro etapas. La primera la hicieron entre Bilbao y Tembleque (Toledo); la segunda entre Tembleque y Málaga; la tercera Málaga-Madrid y esta tarde tienen previsto completar el trazado entre Madrid yBilbao.
Con esta marcha, los motoristas buscaron, por una parte, recuperar el sabor de las viejas competiciones que tuvieron un gran auge en Vizcaya. Y por otro, rendir homenaje a un gran piloto, que tuvo en sus manos ser campeón del mundo y que un desgraciado accidente en la Isla de Man acabó con su vida en 1970: Santiago Herrero.
¿Quién fue este motorista que a finales de los 60 estuvo peleando con los mejores y que llegó a ganar en circuitos como Bugatti y Spa, a los mandos de una Ossa de 250cc? Herrero, madrileño de nacimiento, siempre se consideró bilbaíno de adopción y, de hecho, fue enterrado en el cementerio de Derio, a petición suya. Nacido en 1942, desde muy joven mostró pasión por el mundo de las motos, y así, cuando todavía vivía en Madrid, entró a trabajar en el taller de Gabriel Corsín, piloto oficial de MV Agusta/Avelló. De su mano aprendió el oficio, pero además aprendió a pilotar. Primero en carreras locales, luego nacionales... Corsín tenía buena amistad con Luis Bejarano, patrón de Lube, la firma de motos con sede en Lutxana, así que un día le llevó a una prueba en la que tomó parte Herrero. Bejarano se quedó prendado de aquel joven talentoso, por lo que le ofreció un contrato, y Herrero se trasladó a Barakaldo.
Aquellos años con Lube no fueron sencillos. Herrero, que echó raices en Bilbao, tenía que pelear en inferioridad, puesto que Lube se encontraba en crisis y el material que utilizaba era frágil y le daba muchos problemas. Eso sí, cada vez que tenía oportunidad, mostraba el talento que atesoraba y gracias a eso, le llegó la oferta de pilotar para Ossa. Y con la firma catalana, llegaron sus mejores resultados. En 1968 se empeñó en hacer el Mundial de 250cc, pese a no tener apenas infraestructura. Y lo hizo de tal manera que pese a que las Yamaha consiguieron el campeonato, Herrero terminó séptimo en el campeonato de ese año y consiguió una tercera posición en la última carrera de la temporada, en el circuito de Monza.
1969 fue todavía mejor y estuvo a punto de ganar el título mundial. Ganó tres pruebas -en el Jarama, Bugatti y Spa- y de no tener problemas en las últimas citas, hubiera sido campeón. Pero se tuvo que conformar con la tercera plaza. Afrontó 1970 como uno de los grandes aspirantes de nuevo al campeonato mundial, y de hecho, ganó en Yugoslavia. Pero por encima de Mundiales, el gran reto de Herrero era ganar la Tourist Trophy, la temible carrera que se disputaba en la Isla de Man. En 1969 había sido tercero y en junio de 1970 fue a por todas, pero la desgracia se cebó con él y falleció tras un grave accidente. Vizcaya se quedó sin un gran campeón, que todavía permanece en el recuerdo y que desde el Club Deportivo se ha querido homenajear.