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Euskadi es diferente

La dinámica de los partidos estatales hace que los puestos de Madrid sean más apetecidos por sus dirigentes que los propios del País Vasco. Pero lo más preocupante es la falta de banquillo en los partidos no nacionalistas

29.05.11 - 02:48 -
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A los que últimamente vienen repitiendo que «Euskadi es diferente», para explicar tanto el tsunami de Bildu como la escasa incidencia aquí del movimiento de 'los indignados', habría que recordarles al menos tres cosas: una, que cuando dicen que Euskadi es diferente están copiando un lema que en España se usó mucho a partir de los años sesenta, para fomentar el turismo procedente del norte de Europa; dos, que con esta expresión de ahora el segundo término de la comparación, que se escamotea pero que todo el mundo entiende, no es Europa, sino justamente España, y ello por la sencilla razón de que todo lo que se ha hecho aquí siempre en política se ha hecho con relación al resto de España. Y tres, que la diferencia en Euskadi no es sólo hacia el exterior, sino también y sobre todo en su propio interior, ya que las distinciones, para completar el análisis, habría que aplicarlas igualmente a los distintos territorios vascos.
No obstante, quien más padece, sin duda, las consecuencias de ese «Euskadi es diferente» son los no nacionalistas. Una derrota de las dimensiones de la actual tendría que servir para zarandear definitivamente y sustituir incluso las bases ideológicas y culturales sobre las que se asienta la práctica política del no nacionalismo en Euskadi. El hecho mismo de que hoy su presencia institucional se reduzca a lo que suceda en Álava lo dice todo. La soledad en la que se encuentra ahora la Lehendakaritza, sostenida por los dos grandes partidos estatales a la vez, frente a todo el nacionalismo sociológico mayoritario, ofrece un espectáculo insólito respecto del resto de España, con muchas dosis de dramatismo y de pérdida irremisible de influencia española en un trozo fundamental de su territorio histórico.
Hay que empezar por recordar, una vez más, el acoso inmisericorde al que se ha sometido al no nacionalismo en el País Vasco en los últimos treinta años. Que todavía sobrevivan sus representantes políticos en algunos pueblos de Guipúzcoa y de Vizcaya resulta hasta milagroso. Esto explica muchas cosas: por ejemplo la endeblez de los cuadros dirigentes del no nacionalismo, muchos de ellos encumbrados en tiempos difíciles ante la ausencia de mejores cabezas, espantadas por la violencia de persecución. A ello hay que sumar la propia dinámica de los partidos estatales, que hace que los puestos de Madrid sean más apetecidos por sus dirigentes que los propios del País Vasco, a diferencia de lo que ocurre en los partidos nacionalistas. Pero lo más preocupante de todo es la evidente falta de banquillo en los partidos no nacionalistas, que ven amenazados por el nacionalismo algunos de sus enclaves simbólicos de asentamiento: la margen izquierda vizcaína es el caso más sintomático en este sentido.
Ante este panorama desolador del no nacionalismo vasco, la explicación tiene que ser más de fondo y más estructural. La juventud vasca no nacionalista, procedente sobre todo de la gran inmigración española de los años sesenta, se ha quedado durante toda su vida a la intemperie, sometida a un continuo bombardeo ideológico por parte del nacionalismo y completamente desasistida por quienes debieran haberla siempre apoyado y reconfortado en los difíciles tiempos que tuvo que pasar aquí. A mí no se me olvidarán nunca las continuas apelaciones de Felipe González, cuando venía al País Vasco en sus tiempos gloriosos, diciendo a sus enfervorizados seguidores, muchos de ellos jóvenes, que el nacionalismo democrático era una fuerza fundamental para la gobernabilidad del país. Los que le escuchábamos y le veíamos luego marcharse a Madrid, nos quedábamos acongojados: de modo que el mismo nacionalismo que nos estaba oprimiendo ideológicamente en el País Vasco, acaparando todos los resortes de la política autonómica, en los peores años de fuego, era bueno para la gobernabilidad de España, y eso nos lo decía el líder político que representaba la única esperanza para la supervivencia de nuestra identidad aquí y fuera de aquí.
El nacionalismo ganó la calle hace mucho tiempo y ello ha supuesto que nuestra juventud no haya conocido otros valores y otras referencias políticas y culturales que las nacionalistas. El resto de España, sus élites intelectuales y políticas, no han reparado nunca en esto, más aún, han fomentado que el País Vasco derive irremisiblemente hacia el nacionalismo sociológico. Las izquierdas estatales, y el caso de la Izquierda Unida vasca (Ezker Batua) ha sido paradigmático cuando se sumó al proyecto de Lizarra desde el minuto uno, han contribuido eficazmente, con esa condescendencia permanente hacia los nacionalismos, a la desacreditación de la idea de España como proyecto común.
La juventud vasca en general, tanto la nativa como la procedente de la inmigración, se ha sumado mayoritariamente al proyecto nacionalista y eso no hay quien lo cambie a corto plazo. El no nacionalismo debería reflexionar profundamente sobre esto y plantear, donde haya que hacerlo, la situación que estamos viviendo aquí, si es que España quiere seguir teniendo presencia real y de futuro en el País Vasco.
La única esperanza cierta de la política no nacionalista actual es Antonio Basagoiti. Con él la identidad no nacionalista presenta frescura y dinamismo, se postula sin complejos y diciendo lo que piensa. Y eso, hoy por hoy, y aquí más que en ningún otro sitio, no se paga con nada. Cuando se presentó en Euskaltzaindia, para reivindicar el euskera como lengua propia, hizo algo sencillo y natural, pero a la vez profundamente revelador de por dónde hay que ir: es la identidad por toda política, no hay otra en el País Vasco actual, porque es trabajándose el ámbito cultural desde donde el nacionalismo vasco ha conseguido su hegemonía aquí.
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:: JOSE IBARROLA

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