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Lorca trata de resurgir entre los escombros

GENERAL

Lorca trata de resurgir entre los escombros

Más de la mitad de las viviendas inspeccionadas están inhabitables y el 17% presenta daños estructurales

13.05.11 - 02:37 -
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Cuando amaneció, la pesadilla seguía allí. No solo no se evaporó, sino que a medida que la luz ganaba terreno y comenzaba a extenderse sobre las calles reventadas por los escombros, sobre los charcos de sangre reseca, sobre los improvisados campamentos de nunca imaginados refugiados... la pesadilla tomaba forma, consistencia, y comenzaba a mostrarse en su verdadera y estremecedora dimensión. Lorca, la orgullosa Ciudad del Sol, capital del Valle del Guadalentín, despertó ayer convertida en una pura ruina.
Las primeras impresiones de las decenas de técnicos (hasta un centenar de aparejadores, arquitectos, ingenieros de Caminos, bomberos...) que comenzaron a revisar las viviendas con el fin de evaluar de manera urgente los daños y establecer si las familias podían retornar pronto a ellas, confirmaban a su vez que el desastre era colosal: alrededor del 80% de todos los inmuebles están dañados en mayor o menor medida y el 17% sufre daños estructurales de importancia. Es decir, que de los 1.300 edificios existentes en la localidad -que albergan 27.600 viviendas-, más de un millar tienen destrozos y cerca de 200 de importancia. Unas magnitudes que en una ciudad con más de 90.000 almas alcanzan una dimensión difícil de concebir: miles de vecinos no saben cuándo podrán volver a sus casas. Cientos de ellos no lo podrán hacer nunca. Hasta un 10% podrían ser derribadas.
El Consorcio de Compensación de Seguros, en una primerísima evaluación, indicaba que en pocas horas había recibido 600 peticiones de indemnización y estimaba que en los próximos días se superarían las 20.000. Reconstruir Lorca, devolverla a su estado original, a la situación previa a esos dos seísmos de 4,4 y 5,1 grados que sembraron la destrucción y la muerte en la tarde del miércoles, será una labor de meses. Lo dicen los expertos y lo proclaman las agrietadas y agujereadas paredes.
Y luego están los muertos. Ascienden ya a nueve, además de 364 heridos, de los que una veintena permanecen todavía ingresados. «Yo vi caer fulminado a uno. Los otros dos, que también cayeron bajo las piedras, no sé si escaparon. Creo que también murieron. No me paré a mirar. Ni siquiera sé cómo escapamos nosotros». Lo cuenta Carmen Alcázar, vecina de la zona de la Universidad, que después del primer terremoto había corrido hasta el barrio de San Diego, donde vive su madre, para alertarla de que habría otro temblor. «Lo había oído en la radio. Llegué aquí gritando: '¡Salid todos, marcharos, que viene otro terremoto!'. Me miraban como si estuviera loca; se reían de mí. Y en eso llegó...».
La cornisa que se precipitó desde lo alto de un edificio de cinco plantas mató en el acto a Rafael Mateos, dueño de una zapatería. Otros dos cadáveres, el de un jubilado y un hombre vestido con un maillot de ciclista, quedaban tendidos a su lado. En otras zonas de Lorca (barrio de la Viña, calle Galicia, Infante Don Juan Manuel...), la terrible escena se repetía. La muerte llovía desde las azoteas. Caían, uno tras otro, Juan Salinas, el chiquillo Raúl Guerrero, Antonia Sánchez, Juana Canales, Domingo García y Emilia Moreno, quien a sus 22 años, a punto de dar a luz y con una chiquilla de dos años, era derribada por el certero impacto de un cascote.
Horas más tarde, ayer a mediodía, se les sumaría María Dolores Montiel, de 41 años, que expiró en el hospital Virgen de la Arrixaca. Era una, seguramente la más grave, de las decenas de personas heridas que fueron asistidas de sus lesiones (huesos fracturados, grandes brechas en la cabeza, ataques cardíacos...) por las unidades de emergencias y en los hospitales de campaña.
En solares alejados del casco urbano, en antiguos huertos ahora infectados de matorrales, en las campas habilitadas por los servicios de emergencias... en cualquier lugar alejado de los edificios agrietados y de sus amenazantes cornisas y balcones, miles de lorquinos se agrupan por familias sin otra tarea que mantenerse aceptablemente nutridos e hidratados (los voluntarios les aportan zumos, leche, magdalenas, embutidos...) y aguardan noticias sobre el estado de sus viviendas. Mientras el Ejército sigue montando campamentos, el pelotón de técnicos que inspecciona los inmuebles tiene en sus manos la última palabra: si ponen una mancha verde junto a la entrada, tendrán vía libre; si la mancha es amarilla, podrán coger sus enseres personales de la manera más rápida posible y olvidarse de regresar; y si la marca es roja, que se hagan a la idea de que han perdido la casa y todo lo que contiene, porque los daños que presenta en su estructura la condenan al derribo.
Sin parar de vomitar
El vicepresidente primero, Alfredo Pérez Rubalcaba, explicó, tras una reunión vespertina del gabinete de crisis, las grandes líneas del plan de choque: indemnizaciones a las familias de los fallecidos -por un máximo de 18.000 euros-, ayudas a la rehabilitación y reconstrucción de viviendas de los damnificados, así como subvenciones al alquiler para quienes en mucho tiempo carezcan de una casa en que vivir. Las medidas ciudadanas se completan con un anticipo de la paga extra de los pensionistas al 1 de junio y exenciones en las tasas.
Pero hasta que Lorca recupere su esplendor falta mucho. Y los vecinos deben buscarse la vida como pueden. En el precario campamento de Rosario y su familia, conformado por una furgoneta habilitada a modo de refugio, un coche y unas cuantas butacas de plástico, la pequeña Valeria, de un año, «aunque está muy seca y muy menuda», se acaba un potito que su padre ha tenido que ir a comprar hasta Puerto Lumbreras. En Lorca no parece haber una sola tienda abierta, aunque eso no es problema para José, un crío de unos seis años, que aparenta pocas ganas de echarse algo a la boca. «No ha parado de vomitar del susto que lleva encima».
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Numerosos vecinos decidieron abandonar Lorca para dirigirse a casas de familiares y amigos en otros municipios. :: REUTERS

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Algunos habitantes han perdido todo, como los de la imagen, que observan impotentes en qué quedaron convertidas sus viviendas tras el segundo seísmo. :: AFP

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