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La aldea vasca de Astérix

ESTAMPAS DE UN PAÍS | Aramaio

La aldea vasca de Astérix

Retrato de una singularidad alavesa, un valle que habla el euskera vizcaíno y se siente guipuzcoano por su inmersión laboral en Mondragón

10.05.11 - 03:00 -
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El sosiego debe ser esto, remontar el puerto de Krutzeta y admirar con mayúsculas el paisaje que cautivó al mismísimo Alfonso XIII. El monarca español anterior a la II República definió el entorno como una Suiza en miniatura por el océano verde que inunda los ojos de calma, las vacas pastando en laderas inmensas y los caseríos diseminados por los nueve barrios (o anteiglesias) que componen Aramaio. En esta era 2.0 que permite enviar fotos con un simple clic a miles de kilómetros conviene mandar una a los amigos remotos para quedar como un rey y que ellos enfermen de pura envidia, remitirles la imagen congelada de 'Qué verde era mi valle', recetarles una cura visual para el estrés.
Aramaio certifica la pluralidad de una provincia distinta. Ni una semejanza con el abigarrado mar de vides riojano alavés, ni un parecido lejanamente razonable con la planicie de La Llanada. El municipio de casonas dispersas es una cuña que se adentra en un territorio histórico del que se siente foráneo. Algo así como la chincheta que sostiene el mapa sin integrar su cartografía. Los naturales de estos núcleos forman la aldea de Astérix, contraria a toda invasión que menoscabe su calidad natural de vida. Componen el único pueblo plenamente euskaldun de la provincia, hablan el dialecto vizcaíno y tienden a Guipúzcoa. «Aquí no hay sentimiento alavés», declara Javier Uribarren, que se encarga del bar de pensionistas con un ánimo envidiable.
Huelga estrujarse la cabeza para interpretar el desapego. Dicen que el buey es de donde pace y cabría añadir que el ser humano estrecha lazos con la mano que le da de comer. Antes de jubilarse, los habitantes de Aramaio tenían un concepto residencial de sus núcleos rurales. Se complacían de un paraje ajeno al ruido de las fábricas que deparaban su sustento, las cooperativas de Mondragón y alrededores, apenas a ocho kilómetros. Hasta hace medio siglo vivían como baserritarras y aún mantienen la afición por la huerta, pero desde que el 'grupo' mostró al mundo otra forma empresarial toda la población del valle se empleó en Fagor y Cía. Tiempos de muchas horas y buenos ingresos. Tanto que la palabra 'paro' suena extravagante en una zona de holgado poder adquisitivo.
Políticamente Aramaio obra como guardia pretoriana del nacionalismo, tierra de promisión para la izquierda abertzale como sucede en la Guipúzcoa de Eskoriatza a Bergara. «La sentencia sobre Bildu ha sido una liberación aquí», afirma Uribarren. Basta mencionar que a las urnas de hace cuatro años acudieron 917 electores y entre PSE y PP sumaron diecinueve papeletas. Datos de la Euskal Herria profunda.
El rejuvenecimiento demográfico alegra la calle de Ibarra. Allá donde antaño funcionaba el balneario reciben ahora clase los chiquillos de Primaria. Al único bar de hace un tiempo se suman ahora otros dos que presentan las terrazas llenas en una tarde agradable. Es tierra de músicos célebres, como Vicente Goikoetxea y Sabin Salaberri, dispuesta a acoger el pasado sábado a 350 trikitilaris y orgullosa de una coral reclamada en otros puntos de esa Álava extraña. Sus moradores sienten una desproporción molesta entre sus impuestos a la Diputación y lo que reciben de ella. Pero los lamentos no van más allá. Como Astérix, sólo recelan de una cosa. El galo temía que el cielo cayera sobre su cabeza. Aramaio sólo tiene miedo de que la implantación de una industria degrade la postal vasco-helvética con sus vaquitas, sus caseríos y el color verde como emblema irrenunciable.
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