Mariano Barbacid, un científico habitualmente discreto, ha estallado esta semana. El Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), del que es director, anunció el martes que había paralizado el desarrollo de un fármaco contra el cáncer de pulmón por falta de dinero público. Necesitaba 10 millones de euros y se quejaba de no poder recurrir a la financiación privada porque se lo impide la actual Ley de Fundaciones. Y Barbacid pidió en la prensa cambios legislativos que abrieran la puerta a la iniciativa privada.
La noticia cayó como una bomba en la ciencia española. Al día siguiente, el Ministerio de Ciencia e Innovación emitió un comunicado en el que dice que la entrada de socios privados en un proyecto como el propuesto por Barbacid es algo que no permite la Ley de Fundaciones y que el CNIO dispone de fondos por 58,6 millones de euros. Considera «contraria a toda ética científica la generación de falsas expectativas a la sociedad respecto a la lucha contra el cáncer», y rechaza que se transmitan hallazgos de ciencia básica como si los fármacos para humanos estuvieran a la vuelta de la esquina.
La dura respuesta ministerial concluía con la advertencia de que las declaraciones de Barbacid «son susceptibles de ser interpretadas más allá de los límites de la deontología profesional en la actividad investigadora y que revisten la suficiente gravedad como para ser examinadas por el Patronato que gobierna la Fundación CNIO». La guerra entre la ministra Cristina Garmendia y el científico era ya abierta, y prácticamente todo el mundo sabe en la ciencia española cómo va a acabar: con la salida del bioquímico del CNIO. Pero ¿cómo se ha llegado hasta aquí?
El éxito del CNIO
«Barbacid es el mejor biólogo molecular español de nuestra generación», sentencia Félix Goñi, director de la Unidad de Biofísica de la Universidad del País Vasco y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). «Sin duda, es uno de los mejores científicos españoles en el área de la investigación biomédica», coincide el químico José María Mato, director del CIC bioGUNE. Los dos conocen bien a la persona y su trabajo, y consideran que el éxito del CNIO, convertido de la nada en centro de referencia internacional en la investigación del cáncer, se debe a quien ha sido su director hasta ahora.
Mariano Barbacid volvió en 1998 de Estados Unidos para poner en marcha el CNIO. Fue un fichaje estrella. Había aislado en 1982, cuando trabajaba en el Instituto Nacional del Cáncer de EE UU, el primer oncogén humano, el primer gen causante del cáncer. Desde entonces, ha firmado más de 240 publicaciones en revistas científicas, muchos de ellas durante su etapa al frente del CNIO, en la que no ha ahorrado críticas a los recortes del presupuesto de I+D. En septiembre de 2009 anunció su intención de dejar el cargo como director del CNIO para dedicarse a la investigación, pero el Ministerio de Garmendia todavía no ha designado un sucesor.
Uno de los detonantes de la actual polémica parece ser la discrepancia entre la ministra y el científico sobre el perfil de su sustituto. Pero no es el único. Goñi llama la atención sobre el aspecto económico. «No hay dinero. Y en Madrid, menos que aquí. La ministra suele recordar que lo hay en forma de préstamos; pero fundaciones como la del CNIO y Biofísica Bizkaia no pueden endeudarse porque sus patronos, organismos e instituciones públicas, lógicamente no lo permiten. Otra cosa sería que se tratase de fundaciones con patronos privados».
El peor escenario posible
Mato cree que el problema fundamental es la falta de flexibilidad del sistema, que impide, entre otras cosa, que algunos centros capten dinero de la empresa privada mediante acuerdos. La ley, como indica el Ministerio, impide a Barbacid hacer algo así. «Aunque el CNIO es muy flexible, él se ha topado con que la estructura le impide hacer cosas. Es algo que en España ocurre con cierta frecuencia y que la recientemente aprobada Ley de la Ciencia debería haber anticipado». Además, la existencia de 58,6 millones de euros en las arcas del CNIO es verdad, pero no toda la verdad, según el propio Barbacid, quien asegura que esos activos tienen otros destinos y no el Programa de Terapias Experimentales.
La polémica se ha enconado hasta tal punto que la salida del prestigioso oncólogo del centro que puso en marcha parece inminente. «Es una pena porque el CNIO funciona de maravilla gracias a que tiene un director que no sólo es un científico de primera, sino que además tiene las ideas claras en cuanto al rumbo de su centro», apunta Goñi. «Estamos ante el peor escenario posible -lamenta Mato-. Sean cual sean las causas, este conflicto es malo para un gran centro de investigación, malo para el Ministerio y malo para la ciencia española».