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El contrapoder vecinal

17.04.11 - 03:10 -
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Después de un cierto período de languidez, el movimiento vecinal ha despertado con una fuerza y un empuje efervescentes que en Vitoria sorprenden y se comprenden a partes iguales. Siempre en función del cristal con que se mire. Y del ojo, claro está, que enfoque la lente.
Su decidida apuesta por el consenso ciudadano -en oposición al conflicto- le han valido a la capital vasca la marca de ciudad de referencia en el liderazgo de herramientas participativas -teléfono 010, buzón ciudadano, consejos sectoriales y territoriales, Defensor del Vecino, Consejo Social-, que han servido para apuntalar, por un lado, el concepto de participación, pero que han provocado a la vez un desgaste de la democracia deliberativa. Ésa que hunde sus raíces en la antigua ágora ateniense, el lugar donde los griegos se reunían para decidir el futuro político de la ciudad y donde nada valía más que el peso de los argumentos y el arte de convencer.
«Hoy se habla de democracia participativa, pero a la democracia ya se le supone este apellido. Y, sin embargo, no se debate con serenidad y tranquilidad ningún proyecto. Con los vecinos hay que invertir muchas horas, reunirse con ellos, darles información y ofrecerles garantías. Hay que dar la cara, aun a riesgo de que te la partan», razona José Ángel Cuerda, parapetado tras el conocimiento y la experiencia que le dan sus veinte años como alcalde.
Su alegato es, en síntesis, la esencia de la gobernanza, del gobierno relacional, de una forma de hacer ciudad teniendo en cuenta a la sociedad, no sólo oyendo su voz, sino también escuchándola. Nadie duda a día de hoy de que el movimiento asociativo y la participación ciudadana son tan inevitables -«la polémica forma parte de la vida pública», recuerda el Síndico, Javier Otaola-, como necesarios e incluso positivos para un alcalde y para un gobierno. Pero, ¿hasta qué punto pueden unos vecinos alineados tras una pancarta influir en la política municipal? ¿Se puede llegar al límite de consultarlo y discutirlo todo con los ciudadanos? ¿Dónde establecer el punto de equilibrio entre el poder político y el contrapoder vecinal?
«Los partidos políticos están tan interesados como los propios vecinos en defender el interés general y, aunque cierto nivel de ruido es positivo en la vida democrática, no se puede olvidar que el sufragio universal es lo más democrático que hay», recalca Luis Mendizábal, sociólogo del Ayuntamiento. «Eso está claro -matiza el presidente de la Federación de Vecinos de Vitoria y Álava (VVA), Ángel Lamelas-, pero los votos no son un cheque en blanco para ningún alcalde».
Así pues, en este tira y afloja de posiciones casi siempre encontradas, asociaciones e instituciones forman una pareja condenada a entenderse. «Aunque a éstas no les guste que el movimiento asociativo cobre demasiado protagonismo», critica el ex presidente de la antigua Federación de Asociaciones de Vecinos de Álava (FAVA), Eduardo Cervera.
Y es que su poder fáctico queda fuera de toda duda. Basta con echar la vista atrás para recordar que a pesar de haberse topado con «muchos oídos sordos» el contrafuerte vecinal está trufado de importantes logros ciudadanos y hasta de compensaciones por echar pie a tierra. En síntesis, un matrimonio de conveniencia, con sus idas y venidas, fundado sobre una relación de tú a tú, pero exento de ademanes exquisitos.
Gobierno «soberbio»
«Una relación construida sobre lo que parece bien no sería posible. El movimiento vecinal -analiza el alcalde, Patxi Lazcoz- surge para influir en la toma de decisiones. Como una corriente reivindicativa que fluye sobre la base de aquellas cosas que no convencen y que son motivo de discrepancia y de desencuentro».
No en vano, no dejan de ser una china en el zapato del alcalde de turno. Y a Lazcoz le han dado ahora la vez como cabeza visible de un «gobierno soberbio que actúa en contra de la opinión mayoritaria de los ciudadanos y de la propia oposición», censura Lamelas en referencia a la postura adoptada por el regidor socialista en la defensa de proyectos estratégicos como el BAI Center -el alcalde eludió participar en el debate impulsado por la federación de asociaciones de vecinos-, el trazado del tranvía en Abetxuko -retomó el recorrido que los vecinos consiguieron echar atrás en 2007- o la redensificación de los nuevos barrios.
Así pues, la relación bilateral entre el poder político y la masa social, ésa que alcaldes como Iñaki Azkuna han desdeñado en más de una ocasión porque «sería caer en un sistema asambleario, y eso es imposible», está ahora mismo en crisis. Y el divorcio entre ambos parece inevitable.
Los vecinos no perdonan a Lazcoz sus «siete pecados capitales» y entran a matar. ¿Su estocada? Una agresiva campaña en contra de su gestión al frente del Ayuntamiento, que ya ha puesto en circulación 2.000 carteles, 40.000 folletos y un vídeo que han colgado en internet y en las redes sociales. «No han descubierto nada nuevo. Eso antes se hacía con un plástico y dos palos en las pancartas de los blusas», se desquita Lazcoz. Y es que, pese a todo, el regidor socialista dice sentirse «un alcalde afortunado» por no haber tenido que padecer «situaciones dramáticas».
Cuerda se tuvo que partir la cara para sacar adelante la peatonalización de la calle Dato o la construcción del geriátrico de Ajuria y de la Casa del Sida en Arriaga. Y Alfonso Alonso sufrió dos experiencias «francamente duras». De un lado, la puesta en marcha de la planta de residuos de Coronación desencadenó un rosario de movilizaciones con lanzamiento de basuras desde las ventanas, enfrentamientos con la Policía y detenidos; del otro, el PERI (Plan Especial de Rehabilitación Integral) del Casco Viejo desató violentas protestas que el ex alcalde popular recuerda como «lo más duro» de su mandato.
Agitaciones «partidistas»
El desenlace, en ambos casos, supuso el triunfo de los argumentos razonados sobre los planteamientos apoyados en el desconocimiento, la desconfianza, los recelos o la «agitación partidista», señala Alfonso Alonso. «En 2001, con las elecciones autonómicas a la vuelta de la esquina, el PNV retiró su apoyo a la planta de Coronación por puro electoralismo y alborotó a los vecinos con una idea que era falsa». Aun así, el PP terminó ganando en Coronación. Con el PERI del Casco Viejo, la sacudida llegó «de quienes, alentados por los radicales, no querían que el barrio dejara de ser su coto cerrado». Agua.
En todo caso, ambos casos sirven para ratificar lo obvio: que la política no es un cuerpo extraño en el movimiento vecinal. Su ideologización fue, de hecho, una constante en la Transición, pero hoy «es un peligro para el propio asociacionismo», advierte Javier Otaola. Desde el refundado colectivo vecinal, en cambio, se defienden de cualquier etiqueta política. «Una cosa es hacer política, que la hacemos, y gratis, y otra partidismo. Por eso estaremos expectantes y controlaremos la gestión de cualquier alcalde, sea del color que sea. Porque nuestra opinión debe ser tenida en cuenta», apunta Ángel Lamelas.
Pero, eso, también es relativo. «Hay que escuchar a los vecinos y no engañarles, pero su opinión se tendrá que tener en cuenta cuando obedezca al interés general, esté respaldada por la norma y exista cohesión en el Ayuntamiento», cataloga Alfonso Alonso. Y, cuando ésta es «unánime», los partidos tienen que «avanzar», alienta el gerente de la Agencia de Revitalización Integral de la Ciudad Histórica, Gonzalo Arroita. Y es que «si en Vitoria te detienes a la espera de la unanimidad, estaríamos todavía en la Edad de Piedra».
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