La concejal nacionalista Jone Zamarbide es la representación del españolismo más rancio, todo lo que signifique contemporaneidad le parece incomprensible. Todo lo moderno es condenable. Es el lema anti-moderno de la España de la pandereta que ya creíamos desaparecida. En una más de las peleas internas en el Ayuntamiento de Vitoria, aprovechando que se avecinan las elecciones, vuelve con el viejo tema de la «utilidad» del Centro Cultural Montehermoso. Están confundiendo la legítima crítica a la gestión del gobierno municipal con el ataque a la cultura contemporánea. No mezclen las cosas y distingan lo cultural de su labor de oposición.
En su confusión intelectual afirma: «Basta con pedir opinión a cualquier agente cultural de la ciudad para darse de bruces con la cruda realidad de este proyecto». Soy un agente cultural de Vitoria y conozco a numerosos agentes culturales y a ninguno le he oído decir que Montehermoso es inútil. Por si le sirve de algo mi opinión, a mí me parece estupendo. Utiliza la demagogia para proponer «la realización de una encuesta entre la ciudadanía para medir el grado de conocimiento y satisfacción de los ciudadanos con el proyecto». Con ese criterio, deberíamos hacer otra encuesta para saber y «medir el grado de conocimiento y satisfacción de los ciudadanos» sobre la Universidad, el hospital Santiago o el Conservatorio de Música. Claro que, en el fondo, lo que propone es que se «realice una programación más polivalente» y que se cambie ésta para exponer más paisajitos, labores con mondadientes y otros bonitos trabajos manuales.
En su desconocimiento se pregunta lo siguiente: «si el proyecto de Montehermoso se cancelara hoy mismo, ¿qué poso quedaría?». Pues verá, lo que quedaría es que Vitoria-Gasteiz se convertiría en el hazmerreír de la cultura contemporánea en Europa, donde somos conocidos por cosas como Montehermoso, así de sencillo. Montehermoso y otras entidades culturales representan la contemporaneidad de la ciudad. Me temo que en Jone Zamarbide se ha reencarnado el espíritu cultural de Paco Martínez Soria. La vieja España cañí ha resucitado. ::.