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El 'Ciudadano Kane' de Neguri

FESTIVAL DE CINE DE MÁLAGA

El 'Ciudadano Kane' de Neguri

30.03.11 - 02:52 -
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Neguri también tuvo su William Randolph Hearst, el magnate que Orson Welles retrató en 'Ciudadano Kane'. En los años 20, Horacio Echevarrieta poseyó minas, astilleros, cementeras, hidroeléctricas, participaciones en grandes bancos, radios y periódicos. Excavó el metro de Barcelona y erigió la Gran Vía madrileña. Fundó Iberia y el germen de Iberdrola. Desde su mansión en Punta Begoña contemplaba sus barcos surcar El Abra con las bodegas preñadas de mineral. De su Xanadú particular quedan unas galerías en las que no terminan de construir un hotel de lujo.
Echevarrieta fue el industrial más rico de la España de la época. Amigo de Alfonso XIII y Primo de Rivera, vivió unos tiempos donde todo parecía posible. Trató con nobles, espías, buscavidas y estrellas de cine. Aquel prohombre, diputado por la coalición entre socialistas y republicanos, era también un experimentado regatista que soñaba con construir la máquina más perfecta para surcar los océanos y ganar las guerras: un submarino revolucionario. Llevar a la práctica su quimera le costó su fortuna y el olvido en la España franquista.
Una calle en Barakaldo, junto al Hospital de Cruces, lleva su nombre. Muy cerca, el Palacio Munoa se yergue cercado por construcciones y amenazado por la piqueta. Allí murió Echevarrieta y viven todavía dos de sus hijos. Allí arranca 'El último magnate', un fascinante documental de José Antonio Hergueta y Olivier van der Zee presentado ayer en el Festival de Málaga. La increíble historia de un visionario que acabó condenándose cuando formó una alianza con el espía alemán más célebre de la época y un marino enamorado del cine.
Suena a historieta de Tintín, pero cuatro años de trabajo y el saqueo de medio centenar de archivos demuestran que no es ficción. Echevarrieta, heredero de Cosme Echevarrieta -este sí, con calle en Bilbao-, vivió en uno de los mejores lugares para hacer negocios después de la Gran Guerra. Su padre apenas había tardado quince años en explotar las minas de hierro que rodeaban la capital vizcaína. Horacio multiplicará su fortuna y nunca encontrará ninguna contradicción en jugar al polo en la playa de Ereaga y defender una España laica y federal.
Los ricos se hacen más ricos en tiempos turbulentos. Nuestro hombre no le hizo ascos a fletar los mismos barcos con el mismo mineral a puertos de Alemania e Inglaterra. «Hablaba claro, decía lo que pensaba y se ganaba a la gente. Funcionaba con el sistema de favores, no sólo como clientelismo, sino porque lo pensaba así», describe José Antonio Hergueta. «Tenía una visión, como Howard Hughes, y a la vez era librepensador. El dinero no se podía parar, había que tenerlo en movimiento. Sus hijos nos decían que jamás habló mal de nadie».
Horacio Echevarrieta era un hombre de acción que procuraba estar lejos de despachos y fábricas. Nada más lejos de un 'bon vivant' que dilapida su herencia, como tantos otros señoritos de Neguri. Tras el Desastre de Annual en 1921, en el que murieron 10.000 soldados españoles, el caudillo rifeño Abd-el-Krim tomó presos a 600 hombres. Echevarrieta fue el único interlocutor al que respetó. El empresario vasco viajó hasta la bahía de Alhucemas y tuvo los arrestos de esperarle solo en la playa con el rescate, poniendo fin a un cautiverio de dos años.
A su vuelta a España con los 300 supervivientes fue aclamado como un héroe. Negoció el Concierto Económico Vasco y, de paso, recibió el encargo de urbanizar la segunda fase de la Gran Vía madrileña, desde el Edificio Telefónica hasta la Plaza de España. Pronto su destino se cruzará con el de dos alemanes, encargados por la República de Weimar de rearmar en secreto al país perdedor de la guerra. Wilhelm Canaris llegaría a ser el principal responsable de Inteligencia en la Alemania nazi; Walther Lohmann gestionaba las finanzas ocultas de la Marina.
La contienda había demostrado el poderío bélico de los submarinos. Quien dominara el mar vencería en próximos conflictos. Canaris vio en Echevarrieta al mejor de sus aliados, un multimillonario amigo del rey, que compartía sus sueños de triunfo tecnológico. Tras vender todos sus barcos, el magnate inaugura unos astilleros en Cádiz destinados a fabricar el submarino más avanzado del momento. El 'u-boot' definitivo perfeccionado por ingenieros alemanes.
La nave, bautizada E-1 (Echevarrieta-1), fue mermando los recursos financieros del naviero, al tiempo que los socios alemanes salieron rana. La Prensa germana reveló que Canaris estuvo vinculado al asesinato de Rosa Luxemburgo y el Ejército le pasó a la retaguardia; Lohmann resultó que invertía dinero destinado al rearme en películas patrióticas. El crack del 29 y el advenimiento de la Segunda República dos años más tarde hicieron el resto. El E-1 se vendió al mejor postor y acabó en la Marina turca. Desguazado en los años 50, se conserva una maqueta en el Museo Naval de Estambul.
Caída en desgracia
En aquella nueva España, el armamento no figuraba en la agenda del Gobierno. El antiguo prohombre es visto como monárquico, de la misma manera que con Franco se le recordará como el magnate republicano. Echevarrieta siguió botando barcos hasta su muerte en 1963, a los 92 años. Pero su imperio nunca se recuperó. «Iba a construir Mercedes, portaviones, torpedos y muchas cosas más», enumera Hergueta. «Se hundió porque se hizo la foto con Alfonso XIII y la República le pasó factura. Cayó en desgracia, pero siempre tuvo amigos. El mundo se movió y él no tenía cabida».
«Contra el ruralismo y la teocracia», era el lema del partido de Nicolás Salmerón que Horacio hizo suyo. Antinacionalista, creía en un país educado y moderno. Fue un señorito al que votaban los obreros. Su independencia hasta le llevó a una breve estancia en la cárcel en 1934 como preso político, donde tuvo como compañero de cautiverio a Santiago Carrillo. Azaña siempre dijo que ya le gustaría tener la ruina de Echevarrieta.
El panteón familiar en el cementerio de Getxo habla del esplendor de tiempos pasados. Sobre el Palacio Munoa pende un litigio y su derribo es cuestión de tiempo. El legado Echevarrieta hay que buscarlo en sitios tan dispares como la estación del metro en la Plaza de Catalunya, el transbordador de las cataratas del Niágara, cada avión de Iberia y el 'Juan Sebastián Elcano', el buque escuela de la Armada, que todavía surca los mares. En su mástil luce orgulloso una placa: Astilleros Echevarrieta y Larrínaga.
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Echevarrieta, rodeado por oficiales de la Armada, posa en la cubierta del submarino E-1, cuya construcción él auspició.

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Construcción del submarino «más revolucionario» de la época en los astilleros del magnate en Cádiz.

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Esta fotografía con el rey Alfonso XIII, del que se consideraba amigo, le costó muchos disgustos con la llegada de la República.

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El magnate vasco Horacio Echevarrieta.
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