Nadie mejor que un director surgido del frío para poner en imágenes un exorcismo gélido. Aviso. Mikael Håfström se ha planteado 'El rito' como una leve digresión al discurso audiovisual comúnmente asociado con 'El exorcista' de William Friedkin y William Peter Blatty; lo suyo son el drama religioso, las cuestiones de fe y todo el rosario de pajas doctrinales con las que se maneja la Iglesia romana porque, hay que decirlo, 'El rito' es un largometraje abiertamente católico.
Superado el bache de unos prometedores primeros veinte minutos, en los que el director sueco examina un cadáver con el pulso de un experto forense anatómico, el guión se traslada a Roma, la ciudad en la que Anthony Hopkins desamortaja al padre Merrin ('El exorcista') para guiar a un sacerdote sumido en una crisis espiritual por los estrechos laberintos del Vaticano. 'El rito' pretende dejar dos cosas claras: que el título de exorcista es posible sacárselo en el todo a 100 y que todo aquel rollo de las niñas diabólicas y la glosolalia eran superchería barata; afirmaciones ambas de las que se desdice más tarde, aunque lo hace con una retranca que es tanto producto de la ironía como de la necesidad de mantener despierto al espectador.
Con Anthony Hopkins volando en piloto automático (no olvidemos que hablamos del Dios de 'Thor') debería bastar para que el público se sintiese mínimamente intrigado, pero Håfström y el guión reman a la contra dándole minutos al seminarista Michael Kovak, un papel que le viene muy grande a Colin O'Donoghue. 'El rito' hace causa de una vieja idea reciclada por M. Night Shyamalan en 'La trampa del mal' (John Erick Dowdle): debemos creer en el Diablo para creer en Dios; pero lo hace a un ritmo tan desacompasado que la cabeza del espectador puede pasarse secuencias completas en modo rotatorio. No me entiendan mal, no es que no crea en 'El rito', es que entre bostezo y bostezo recordé que sólo tengo fe en Regan y el padre Karras.