Los usuarios del hospital de día de la Fundación Argia pueden disfrutar de nueve horas diarias sin preocupaciones. Lamentablemente, sus problemas pueden comenzar cuando abandonan las instalaciones, radicadas en el barrio getxotarra de Algorta. Entonces, estas personas, aquejadas de enfermedad mental, se enfrentan a cuestiones que exigen habilidades de las que, con frecuencia, carecen. «Por ejemplo, para gestionar la documentación», explica Rafael Luque, trabajador social. «No saben qué hacer con ella y la acumulan sin ningún orden. Nosotros acudimos al hogar y les ayudamos a distribuirla en carpetas, de manera que, cuando tienen que hacer algún tipo de trámite, no se les convierta en algo complicado. Hay que tener en cuenta que para los enfermos mentales algunas tareas rutinarias suponen todo un mundo».
La pasada convocatoria de 'País Vasco, un alma solidaria' apoyó un proyecto de dicha entidad destinado a fomentar la autonomía de estos individuos en el ámbito doméstico. Un equipo interprofesional, del que forma parte Luque, trabaja en la última fase de este programa. «Exige un trabajo a la carta porque cada usuario presenta necesidades específicas, habilidades y recursos económicos determinados, o un apoyo social y familiar diferente».
Uno no se organiza con la ropa, otro quizás descuide su aseo o la limpieza de la casa y un tercero ha de aprender a elaborar la lista de la compra. El educador les explica la manera de hacer la colada, cómo preparar la comida o desenvolverse en un supermercado. «Aquí nos preocupamos de que sigan su medicación, pero ¿qué ocurre en casa con la que han de tomar por la noche?», se pregunta Ruth Sáez, psicóloga coordinadora. «También les asesoramos para preparar su pastillero y que así controlen sus tomas».
Romper el aislamiento
No existe un perfil único de los beneficiarios de la iniciativa. Al principio provenían del propio hospital, pero a lo largo de estos meses se ha abierto el abanico de incorporaciones. Según explican sus responsables, el proyecto está indicado para quienes reciben el alta tras un ingreso o pretenden abandonar un piso tutelado para vivir con plena autonomía. «El objetivo es que no se sientan perdidos», indica.
La mayoría de los pacientes vive con sus madres, mujeres de avanzada edad que, además de los achaques propios de la edad, deben hacer frente a situaciones cronificadas. «Ellas no son nuestro ámbito de actuación, pero nos encontramos que necesitan tiempo para escuchar y que se les oriente, hablar, desahogarse. Hay mucho dolor y preocupación por el futuro del afectado cuando ellas falten», indica Piedad Puente, la educadora.
El proyecto se inserta en el fin general de la fundación, es decir, la prevención, tratamiento, rehabilitación y reinserción social de los sujetos afectados por las enfermedades mentales crónicas y los trastornos psíquicos. A ese respecto, el aislamiento constituye una de las principales barreras que han de superar en ese interés por normalizar su vida. «Cortan la mayoría de las relaciones sociales. El estigma de este tipo de patologías también contribuye a alejarlos de los demás», explica Luque, quien apunta que, generalmente, sólo tienen una o dos personas de referencia.
La falta de iniciativa contribuye a esa pasividad y la inexistencia de la red social les priva del empuje necesario para que lleven a cabo cosas muy básicas. El tiempo libre, a menudo, es uno de los caballos de batalla, ya que los afectados utilizan muy raramente recursos ajenos a su situación sanitaria. «Es difícil que demanden el carné de lector de una biblioteca o que acudan a un polideportivo».
El programa definitivo se elaborará en junio. El balance tendrá en cuenta tanto las necesidades detectadas como los intereses de los usuarios, aquéllos a los que no pueden acceder y las vías para ayudarlos en su afán por alcanzar la mayor autonomía posible. «Queremos que sean capaces de desarrollar todas sus habilidades», resume Piedad.