¿Ha pensado alguna vez lo que hay tras un gesto tan simple como pulsar un interruptor? «Cada vez que enciendes la luz, alguien en una central de generación tiene que pisar el acelerador y, cada vez que la apagas, tiene que levantar el pie». Así lo resume Antonio Calvo Roy, director de Responsabilidad Corporativa y Relaciones Institucionales de Red Eléctrica de España (REE).
Es viernes a mediodía y en el centro de control de REE, en Alcobendas (Madrid), un gran diagrama muestra el estado del sistema eléctrico español: de las plantas de generación (presas, centrales nucleares, parques eólicos...), las subestaciones (donde se eleva o baja la tensión) y los tendidos. Hoy está fuera de servicio, por mantenimiento, una de las cuatro líneas de interconexión con Francia. En caso de parada intempestiva en una central generadora, garantizan el suministro a través de los Pirineos.
«Cuando falla un generador -una planta nuclear, por ejemplo-, aproximadamente el 90% de la potencia perdida entra inmediatamente desde Francia. Es instantáneo. Ningún operador tiene que hacer nada. Si fuera de otro modo, habría apagones», advierte Miguel Duvison, director de Operación. «El electrón es lo más solidario que hay. No hay que decirle que hace falta potencia en Madrid o Bilbao. Va donde se le llama a la velocidad de la luz», ilustra Calvo Roy. En la Península, viaja a través de una red mallada de líneas de alta tensión de 400 y 220 kilovoltios (kV) que une las centrales generadoras con las redes de distribución locales. Pero no siempre ha sido así.
El 4% del recibo
REE nació en 1985. Hasta entonces, el sistema eléctrico español se lo repartían compañías regionales, como Iberduero y Compañía Sevillana de Electricidad, que eran propietarias de las plantas de generación y de las líneas, y tenían al mercado cautivo. «En los años muy lluviosos, se desembalsaba sin más agua de los pantanos del Duero para aliviarlos en vez de utilizarla para generar electricidad para Andalucía, donde tenían que quemar carbón», explica Calvo Roy. Esa situación empezó a cambiar en 1985 con el nacimiento de REE, cuyo accionista mayoritario es la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI) con un 20% del capital y que posee el 100% de la red de alta tensión. La compañía recibe de cada factura de la luz el 4%, que es lo que los usuarios pagamos en concepto de gastos de transporte y gestión del sistema. El 70% del recibo corresponde a la generación; el 16%, a la distribución; y otro 10%, a otros costes.
«Fuimos la primera empresa del mundo dedicada al transporte de electricidad y a la operación del sistema. Después, todos los países que han podido han creado una empresa que se encarga del transporte en régimen de monopolio», destaca el director de Responsabilidad Corporativa. La tarea de REE es mantener siempre el equilibrio entre la oferta y la demanda porque la electricidad no puede almacenarse en grandes cantidades y un desequilibrio puede suponer malgastar energía o cortar la luz a gente. El sistema manda órdenes a las centrales para que ajusten su producción a las necesidades, da prioridad a la electricidad generada por fuentes renovables -hidráulica, eólica y solar-, que complementan a las que son la base del sistema -nucleares, ciclos combinados de gas y carbón-, y sólo como último recurso se conectan las plantas de fuel oil, las que producen el kilovatio (kW) más caro.
Los ordenadores del centro de control de Alcobendas reciben, cada 4 segundos, 200.000 datos digitales y 70.000 analógicos de toda la red gracias a los cuales se mantiene el equilibrio entre energía ofertada y demandada. Una curva verde muestra la previsión de consumo en función de la 'laboralidad', temperatura y otras variables; una roja, la producción; y una amarilla, la demanda. «La energía eólica ha llegado a suministrar al sistema el 54% del consumo en momentos valle, nocturnos. Y, en otros, sólo el 1%», constata Duvison. Son las otras tecnologías de generación las que, por tanto, garantizan el suministro.
Los aerogeneradores y las placas fotovoltaicas están al albur de los elementos. Por mucha potencia instalada que haya, siempre deberá haber otro tipo de generadores de respaldo -nucleares, hidráulicos, térmicos...- capaces de producir la misma cantidad de electricidad por si ni hay viento ni brilla el Sol. «Sólo hay una renovable que podría mantener el sistema con seguridad si tuviéramos suficiente potencia instalada: la hidráulica -sentencia el director de Operación de REE-. Si España tuviera 60.000 megavatios (MW) hidráulicos y agua suficiente en los embalses, el sistema funcionaría como con ningún otro generador. Es el generador ideal. Tenemos sólo 16.500 MW de los 45.500 MW que se consumen como máximo».
Desequilibrios
El máximo histórico, 45.500 MW, se registró en diciembre de 2007. La crisis ha frenado el consumo eléctrico. «Ya hemos recuperado el nivel previo a la crisis, pero aún tenemos en consumo punta un descenso equivalente al de una nuclear y media», indica Duvison. Una planta nuclear equivale a unos 1.000 MW. En febrero, con una demanda que subió el 1,9% respecto al mismo mes del año pasado, las fuentes renovables -con la hidráulica al frente- aportaron al sistema el 37% de la energía; las centrales de ciclo combinado, el 22%; las nucleares, el 19%; y otras (cogeneración, carbón...), el 22% restante. «Tenemos un 'mix' tecnológico bastante equilibrado». La potencia total instalada en el país ronda los 97.000 MW; pero ni siempre están funcionando todos los generadores ni consumimos toda la electricidad que producimos.
«En 2010, fuimos por primera vez vendedores netos de electricidad a Francia, además de a Portugal, Marruecos y Andorra», indica Calvo Roy. En total, del orden de 8.500 gigavatios hora (GWh). Durante la conversación, España está exportando 500 MW a Francia, 850 MW a Portugal, 600 MW a Marruecos y 60 MW a Andorra. «Es el equivalente a dos nucleares; pero no siempre es así. Ha habido periodos en los que hemos proporcionado a Marruecos hasta el 20% de su consumo», apunta Duvison. Los desequilibrios también se dan dentro de nuestras fronteras.
El País Vasco es una de las comunidades con falta de potencia instalada, mientras que en Extremadura ocurre todo lo contrario. Dependiendo del día y de la hora, Euskadi puede 'importar' hasta 2.000 MW, el equivalente a la producción de dos nucleares. Pero la palma en cuanto a déficit eléctrico se la lleva Madrid. «Es deficitaria total. No produce ni una décima parte de lo que consume. Es el territorio con mayor demanda del país y no hay prácticamente generación», dice Duvison. A Madrid le salvan 14 interconexiones de 400 kV que le acercan la electricidad generada en otros puntos de la Península.
Todo duplicado
Los 37.000 kilómetros de líneas de alta tensión que hay en España garantizan que la energía fluya sin interrupción de donde se genera a donde se necesita. Y, además, estamos conectados con el sistema eléctrico más grande del mundo, el europeo. «No tenemos más conexiones con Francia porque la sociedad se opone a la instalación de líneas aéreas. La quinta va a ser subterránea. Es menos eficiente y no tiene menos impacto, pero no se ve, y lo que la gente quiere es no ver cables por el campo». Un cable soterrado no sólo es menos eficiente a la hora de transportar la electricidad, sino que además su instalación cuesta entre 10 y 11 veces más que la de una línea aérea.
«Un sistema eléctrico es más estable cuanto mayor es. Un continente es mucho más estable que un país; un país, más que una región; y una región, más que una ciudad. En España puede registrarse una indisponibilidad transitoria de varias centrales y no poner en riesgo el suministro eléctrico. Estamos bien cubiertos», asegura Duvison. Pero no lo suficiente, a juicio de la Unión Europea, que recomienda a los países miembros que la capacidad de interconexión mínima sea del 10% de la potencia instalada. La nuestra, 1.400 MW comerciales (unos 3.000 MW totales), solamente roza el 3% de la potencia instalada.
Aún así, tenía que darse una situación catastrófica de película para poner el suministro en peligro. Ni siquiera lo haría la destrucción de las instalaciones de Alcobendas, donde todo está duplicado y desde donde se controla el sistema eléctrico español. En un enclave secreto -una «ubicación discreta», dicen en la sede de REE-, existe una réplica del centro de control que funciona en paralelo con éste todo el tiempo, con personal que comparte las tareas con el de Alcobendas. «Es un 'backup activo'. Si hay una amenaza verosímil, no pasa nada porque podemos desalojar estas instalaciones y desde allí se puede gobernar todo el sistema».