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ESCRITO EN NEGRO

Página de sucesos

El crimen se cantó en verso, se vendió en pliego y se convirtió en el acompañante canalla de la crónica de sociedad

13.03.11 - 02:43 -
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La crónica de sucesos nació para solaz del pueblo llanazo porque la aristocracia ya tenía la caza para entretener sus ocios y no consideraba pasatiempo de buen gusto gastar la tertulia con mujeres estranguladitas. Con las pastas finas y el oporto no marida bien comentar al sacamantecas; otra cosa es en el zaguán, a la fresca, después de la faena, en donde los cuentos sanguinarios de bandoleros y robaniños animan la patata viuda, la servilleta de manga y el porrón de la pitarra. Desde que el Génesis dio la noticia del crimen de Caín, la crónica de sociedad ha guardado un rincón del almanaque a los landrús, destripadores y al capones para ver si Dios se daba cuenta de lo torcida que le salió la humanidad. Y como hasta las infamias se tienen que decir con gracia, tuvieron que salir juglares que las diesen referencia y que el popular no perdiese ripio de las cuchilladas que se administraban en el vecindario.
El periodismo de sucesos nació en el siglo XVII en métrica romance y cantado por los ciegos, que hoy venden sueños y ayer decían las pesadillas. Los copleros mendigos describían con lujo de truculencias los crímenes sanguinarios en la plaza, atendidos por un auditorio ágrafo, y a veces les ponían música de zanfonía, que le decían en Zamora la gaita del pobre, y era un violín de manubrio que hacía melodías monótonas. Las posibilidades narrativas del suceso, y los detalles que el recitador se inventaba sobre la marcha, determinaban la extensión del romance, de versos octosílabos de rima asonante los pares y libres los impares, y al final solían dictar catecismo, una moraleja para adoctrinar virtud al público que, según se mire, era una especie de editorial. «Recuerda pues el refrán,/ para evitar igual suerte:/ a hierro acaba muriendo/ quien a hierro da la muerte».
Los rimadores parias ponían la cazuela para que les echasen la voluntad y predicaban a los asesinos, los que contaban mejor recogían mayor cosecha y con el tiempo se agruparon en la Cofradía de Ciegos, a cuyo Hermano Mayor la Sala de Alcaldes de Casa y Corte enviaba un extracto de los procesos célebres para que los líricos las hiciesen rapsodias bárbaras y sus afiliados las dijeran en la calle. Las canciones más famosas se imprimían en pliegos de una hoja, que doblada dos veces formaba un cuaderno de ocho páginas sin guillotinar, se adornaban con xilografías grabadas a buril sobre una matriz de madera y se vendían por dos chavos en tendederos de cuerda, por lo que se llamaron pliegos de cordel. Uno de los últimos que se distribuyó en España fue con motivo del ajusticiamiento de Juan Díaz de Garayo, el Sacamantecas de Vitoria, en 1881. Tenía sesenta y un versos y llevaba rimado el precio: «Y aquí se acaba el romance/ que en pliego escrito va,/ sólo dos céntimos cuesta/ a quien lo quiera llevar». Como los periódicos actuales, a la mañana siguiente servían para envolver los arenques del almuerzo del tajo.
Los pliegos cordeleros desaparecieron a finales del XIX arrinconados por el abaratamiento de la prensa general, pero las gacetas no perdieron la querencia por la sangre derramada en el callejón. Los editores de periódicos reconocieron que un crimen sañudo, los violentos celos y los dramas de puñal convocaban auditorio si se destacaban con la tipografía adecuada e ilustraciones al guaché. William T. Stead, director del 'Pall Mall Gazette', unió el sensacionalismo informativo con la investigación de los hechos al seriar su cruzada contra la prostitución infantil en Londres en 1885. Stead pasó una temporada en la prisión de Holloway por organizar la compra de una niña de trece años, hija de un deshollinador, para demostrar que el siniestro comercio existía en los tugurios del Támesis y sus artículos promovieron la aprobación de la Ley de Reforma Penal. Stead murió en el 'Titanic', cuando iba a los Estados Unidos a participar en una conferencia de paz en el Carnegie Hall invitado por el presidente Taft. En 1888 diarios como el 'Illustrated Police News' blasonaron las hazañas de Jack el Destripador, asesino de golfas, y seguramente obligaron a la ley a conceder importancia a unos hechos que eran desgraciadamente prosaicos alrededor de los bebederos de fulanas y valentones de la parte ruin de Londres. El sanguinario Jack, quien quiera que fuese, comprendió la importancia del bramido de la prensa, a la que escribía cartas manchadas de sangre «desde el infierno», convirtiéndose en el primer asesino mediático.
El crimen de la calle Fuencarral, en 1888, desató el auge de la crónica negra en el periodismo español y también la discusión sobre si los diarios sobrepasaban la función informativa para tomar parte activa en la instrucción del proceso. Pérez Galdós denunció que los reporteros de 'El Liberal', que dobló su tirada, construían fantaseada y novelesca la historia del espantoso drama que acabó con la doméstica Higinia Balaguer en el garrote, pero reconoció que contribuyeron a señalar el camino de la verdad. También en el París de los campos de pluma, el 'Petit Journal', con una tirada de un millón de ejemplares, dedicaba en 1913 el doce por ciento de su espacio a noticiar carnicerías y riñas pandilleras en Montmartre.
La rubia del deportivo
Durante la dictadura franquista, la página de sucesos se volvió escueta por obligación, porque en el nuevo régimen todo ocurría por decreto y, según el Ministerio de Propaganda, «en la nueva España no cabían las indignidades». Los periódicos sólo publicaban las notas breves de la Dirección General de la Policía hasta que llegó el semanario 'El Caso', fundado en 1952 por Eugenio Suárez, veterano del diario 'Madrid'. 'El Caso' bailaba con la censura a la luz de la Luna y a veces la dejaba plantada en mitad de la canción, tiraba 40.000 ejemplares en los tiempos del Jarabo y del Lute y tenía por norma escribir sobre un solo asesinato español por número. Sus portadas a la acuarela, en tonos negros y rojos, espantaban a los finolis, que lo llamaban «el diario de las porteras» porque se conoce que ellos sólo leían a Plutarco. En su plantilla escribieron Enrique Rubio, maño y experto en timos, y Margarita Landi, 'la rubia del deportivo'. Landi se llamaba en realidad Encarnación Margarita Isabel Verdugo, nació en Madrid en 1918 y su abuelo escribía crónicas taurinas en verso. Enviudó joven y trabajó en las revistas femeninas 'Ventanal' y 'La moda de España' hasta que la fichó Eugenio Suárez y la soltó en el callejón de la canalla. Landi pasó de frecuentar a las marquesas a rozarse el percal con los guirlocheros chungos, los espadistas de gancho, los pasmas de la BIC y los tricornios del andurrial, y como don Juan Tenorio, «a los palacios subió y a las cabañas bajó». A Landi le llamaban los maderos de la chapa 'el Inspector Pedrito', conducía un Karman-Guía negro descapotable, fumaba en pipa y decían que llevaba un revólver en el bolso. De joven fue rubia aventurera y con la edad acabó cultivando un personaje como de señorita Marple con mucha legua caminada. El Caso cerró la persiana en 1980 y Landi murió en 2004, en Gijón, después de renquear dos años derrotada por una operación de cadera.
Ha llovido mucho, y no al gusto de todos, desde las rimas ciegas con música de gaita pobre hasta la tele y sus evidencias y, sin embargo, el ser humano no ha perdido la constancia en conducirse como si no lo fuera y el cronista de la iniquidad sólo tiene que sentarse a esperar la próxima, contarla y que con sus insomnios, mañana, envuelvan el arenque para el almuerzo del tajo.
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