En estos días, la mente inquieta de la escritora llodiana Espido Freire no es lo único en constante movimiento. A punto de partir hacia Damasco -acaba de llegar de Lima y Bogotá-, la autora de 'Irlanda', 'Melocotones helados', 'Soria Moria', 'El tiempo huye' o los dos volúmentes de 'Mileuristas' anuncia su intención de centrarse en la literatura infantil. Y que prepara un ensayo. Sobre la maldad.
-¿Cómo lleva la promoción de 'La Flor del Norte'?
-Bien, como todas: es siempre una oportunidad que te permitan hablar de ti y de tu novela. Y quien se queje, no se la merece.
-Imagino que, al terminar una novela, cogerá aire, como quien dice, para todas esas presentaciones...
-La verdad es que me divierte. Imagino que para los tímidos o las personas que prefieren el aislamiento debe ser una tortura, pero yo me aburro si no hago cosas diferentes. Y viajar, conocer a personas nuevas y dormir en hoteles me saca de la rutina.
-¿Qué tal recibe el público latinoamericano su obra? ¿Es allá tan conocida como aquí?
-Es algo un poco contradictorio. Me reciben con mucho respeto y críticas muy buenas, mejores que en la península. Hay un gran fenómeno fan al respecto, pero por otro lado soy mucho menos conocida que en España. Salvo en Colombia, donde colaboro con prensa.
-¿Qué le llamó la atención del personaje de la princesa Cristina?
-Su silencio. Su belleza. Su juventud. Su historia, en definitiva.
-¿Y de la novela histórica, como género?
-Me gusta leerla, pero nunca me había atraído como autora. Pero... mi personaje vivió en el siglo XIII. ¿Qué podía hacer, sino seguirla hasta allí?
-La princesa se casó bastante tarde y, encima, murió joven. ¿Sospecha que arrastraba algún problema de salud?
-Pobrecilla, sólo tenía 24 años. Pero para la edad no era precisamente una cría. Es probable que estuviera enferma. Murió con 28. Pero por otro lado, la esperanza de vida de la época no era demasiado espléndida.
-En su caso, la vocación literaria no fue precisamente tardía. ¿Conserva sus primeros escritos?
-Sí. Con una letra enorme, de siete años, en hojas de cuaderno escolar. Horrorosos. Pero muy tiernos. En realidad, no he variado demasiado de temas.
-¿Se atreverá a publicarlos o, al menos, a darles algún uso, como base para una nueva creación?
-Si algún día lo hago, autorizaré a mis herederos a inhabilitarme.
Un bolso de musgo
-Por cierto, acercándonos más al presente, ¿piensa que la pertinaz crisis económica invita a revisar sus 'Mileuristas' o a abrir un nuevo proyecto en esa línea?
-Me lo han propuesto, pero no me parece adecuado. Las circunstancias han variado, y además, no es tiempo de denuncia, sino de soluciones. Que hablen los que saben. Los demás bastante tenemos con sobrevivir. El mundo cultural ha recibido un bofetón tremendo, un paso atrás sin precedentes. Teniendo en cuenta que nunca hemos estado en una situación demasiado boyante, es una lástima.
-¿Cómo comenzó con su colección de bolsos?
-Como casi todas. Se compra uno, se regala otro, llegan otros... Ahora la tengo un poco abandonada. Tengo otras prioridades. De todas maneras, no es una colección de marcas, sino de piezas especiales: no me siento demasiado cómoda con los logos. Prefiero la personalidad o la originalidad.
-¿Tiene algún favorito?
-Tengo uno hecho de musgo, precioso. Pero se deshace... Es una bonita métáfora del arte. Si lo tocas es como el ala de una mariposa: se destruye.
-Creo que lleva un diario de casualidades. ¿Me cuenta alguna reciente?
-Me lo recomendó Javier Sierra, que es un magnífico amigo. Y la última... Abrir una revista y ver un artículo sobre mí. Media hora más tarde, cojo otro periódico gratuito, viejo, (pensaba emplearlo para limpiar ventanas)... y aparece otro artículo sobre mí.