La persecución del libro de Pagola se ha producido en un momento especial de la Iglesia española, que vigila desde grandes atalayas la doctrina oficial y persigue a los autores más críticos y libres, en un acoso sin precedentes al pluralismo teológico. Tres años después de la publicación del libro, en septiembre de 2007, la mayoría de las editoriales católicas han cedido a las presiones y admiten la censura previa para evitar males mayores. Hasta las obras más inocentes llevan ya el 'nihil obstat' de un obispo, de un vicario general o de un canciller diocesano.
Los ataques contra Pagola están apadrinados por un sector fuerte e influyente de la Conferencia Episcopal Española, que arremetió contra el libro apenas tres meses después de salir a las librerías y comprobar que tenía un éxito sin precedentes. El primero que abrió el fuego fue Demetrio Fernández, obispo de Tarazona entonces. El prelado calificó de «arriana» la obra y acusó al teólogo vasco de desfigurar a Jesús. Esta posición fue secundada por Luis J. Argüello, vicario de Valladolid, por los teólogos José María Iraburu y José Antonio Sayés, y por José Rico Pavés, director del Secretariado de la comisión episcopal para la Doctrina de la Fe. Rico, ahora muy bien situado para acceder a la mitra, acusó a Pagola de hacer daño con su libro en unas consideraciones que luego se convertirían en nota oficial del Episcopado, con el apoyo de su Comisión Permanente.
El propio Pagola contestó en bloque al 'grupo de Tarazona' en una reflexión de 50 folios titulada 'La verdad nos hará libres', en la que defendía su trabajo y desmontaba las acusaciones. Pero la campaña contra Pagola arreció. Movilizado por los duros ataques, monseñor Uriarte, que en esos momentos gestionaba un relevo tranquilo en la diócesis de San Sebastián, adoptó una postura valiente y se implicó en persona en el pulso que se libraba entre Pagola y el núcleo más conservador de los obispos.
Uriarte contactó con acreditados especialistas en la materia, Santiago Guijarro, biblista de gran prestigio, y Santiago del Cura, miembro de la Comisión Teológica Internacional así como con un obispo teólogo y les pidió un peritaje sobre la obra. Uriarte, Pagola y los dos Santiagos celebraron un encuentro en un hotel de Palencia para hablar del asunto. El biblista y el teólogo fueron aceptados por Ricardo Blázquez, entonces presidente de la Conferencia Episcopal, y ratificados por Rouco cuando volvió a la jefatura del Episcopado. También fue consultado Fernando Sebastián, exarzobispo de Pamplona, aunque dio una de cal y otra de arena.
Retirado del mercado
Pagola accedió a realizar una relectura de su trabajo, aclarando la naturaleza de su libro e introduciendo modificaciones para disipar interpretaciones. Con el peritaje de los expertos, que no encontraron en el texto revisado ninguna afirmación que contraviniera el núcleo esencial de la fe cristológica, el censor elaboró un dictamen en el que aseguraba que no había ninguna afirmación que se desviara de la fe y costumbres de la Iglesia.
Culminado ese proceso, el obispo se mojó e hizo suyo el 'nihil obstat' del censor y concedió el Imprimatur a la obra. Para entonces, la comisión episcopal de la Doctrina de la Fe ya había elaborado una nota «de clarificación» en la que se criticaba el trabajo de Pagola y se denunciaban seis errores metodológicos.
El apoyo de Uriarte no fue mano de santo. Los enemigos del libro pusieron el grito en el cielo y se pusieron a maniobrar en la tierra. Enviaron la obra a Roma y, tras fuertes presiones, lograron que la editorial PPC ordenara retirar esa edición bendecida por Uriarte de todas las librerías, lo que generó una amplia contestación en sectores eclesiales.
El grupo SM, vinculado a los marianistas, considera que ha cumplido su compromiso con el libro tras el enorme esfuerzo publicitario que realizó en su lanzamiento, y que ha defendido desde el principio. SM, que ya tuvo problemas con el Episcopado por editar un manual de Educación para la Ciudadanía en plena guerra por la asignatura, y un texto pionero titulado 'Descubrir el Islam', se ha visto obligado a actuar con pies de plomo, porque fuerzas muy poderosas, con capacidad de represalias, han intentado dejar al grupo fuera de juego.