La Garnacha inicia en Haro su enésima aventura, una revisión de la tragedia que Willian Shakespeare presentó en los corrales ingleses (corralas en España) bajo el título de 'Macbeth' y que Vicente Cuadrado adapta y somete a una profunda revisión para plantear una transgesora dramaturgia que permite interpretar, desde platea y con mayor acierto, a los incuestionables protagonistas de la obra, Macbeth y Lady Macbeth.
El director de la compañía riojana, y último galardón de las Artes de La Rioja acunado en la sierra de Béjar, duplica física y materialmente al rey y a la reina para enfrentarlos a sí mismos en un duelo interno que revela la confusión a la que se ven sometidos por la irrefrenable ambición de ambos, más en el caso de la monarca que manipula sin recato a la máxima autoridad de Escocia, coronada al amparo de la traición y el asesinato. Al mismo tiempo pesan el pánico al remordimiento y al implacable peso de la justicia, más del destino que se manifiesta a través de las tres brujas, determinantes en el desarrollo de la composición, que de los hombres, ejecutores en realidad de lo que está escrito.
'Macbeth' adquiere, en la concepción escénica del director de La Garnacha, carácter coral. En buena medida porque los cuadros en los que se entronca el vuelo de poncho de las pitonisas se transforman en un ejercicio rítmico y ritual que remite, desde la distancia, al papel desempeñado por los coros de las tragedias griegas que se apostaban en el 'proscenion' para manifestarse al unísono.
Fundamentalmente cuando los dos actores que encarnan al rey (Vicente Cuadrado y Juan Luis Herrero) y a la reina (María José Pascual y Rebeca Apellániz) coinciden en las tablas para entrecruzar diálogos, dinamizar los movimientos o mostrar un juego de espejos más que interesante.
A fin de cuentas, los números (dos contra dos) no dejan de reflejar sino el choque vital que uno y otro afrontan empujados, de un lado, por el ansia de poder que invita a la comisión de cualquier delito (al final todos los delitos imaginables, por aberrantes que resulten) y, de otro, por el temor que suscita la condena del presente y sobre todo de la historia, siendo como son conscientes de que el asesinato revela, al mismo tiempo, su impotencia, su limitación, su condición humana, sometida en realidad al peso del destino que acaba riéndose de ellos en el último instante.
Envidiable la concepción del texto, adaptado a una formación que con 8 actores y ayuda de máscaras, da vida a 33 personajes; impecable la aportación sin rostro de las tres brujas que bailan, en la diversidad, Pepa Pascual, Rebeca Apellániz y María Crespo; imprescindible el juego que la dos primeras, como Lady Macbeth, realizan con velas para reflejar su definitivo desmoronamiento mental; y estado cumbre el vuelo de dagas que trasladan, entrelazados los dos reyes y las dos reinas, de un lado a otro del escenario formateando el monólogo de Macbeth cuando duda antes de aceptar el asesinato del rey Duncan, antes de arrebatar con sangre un trono que recaerá en brazos de un hijo de un padre que no fue rey.
La vida misma.