Dick Murray es un pistolero a sueldo que está harto de su vida. Conoce a una mujer, se casa y decide montar un rancho en Kuartk Valley, un apacible pueblecito. Pero primero tiene que buscar a su hermano, un bala perdida. Lo encuentra y regresa con él a su casa siete años después. Descubre que tiene una hija y que sus vecinos viven atemorizados por los desmanes de un cacique y un sheriff corrupto.
Esta es a grandes trazos la sinopsis de 'Algo más que morir', una película del Lejano Oeste rodada en Marinda, en el corazón de Kuartango, a las faldas de la sierra de Gibijo. Pero no es una de vaqueros más, es un milagro colectivo que ha llegado a la fase de montaje.
Han sido cinco años de trabajo en días libres, sin dinero, con una sola cámara y con infinitos sobresaltos que han estado a punto de echar por tierra los sueños de sus artífices, José Luis Murga y Oier Martínez de Santos. Los mismos que han conseguido implicar en su proyecto a un centenar de amigos y familiares del valle, quienes han hecho de actores y extras, han confeccionado los trajes y han levantado con sus manos los decorados.
'Algo más que morir' responde al empecinamiento de José Luis Murga, vecino de Zuazo, que ya en su juventud soñaba con dirigir una película del Far West. «En 1977, cuando éramos unos chavalillos de 16 años, rodamos algo con una cámara de ocho milímetros. En el cristal del escritorio de mi padre escribía los títulos de crédito», recuerda hoy Murga, a sus 50 años. «Nadie creyó en nosotros y para mí fue un palo tremendo, pero ya me había picado el gusanillo del cine», relata.
El 31 de diciembre de 2005, horas antes de las campanadas, Murga resucitó su proyecto y contagió a Oier, que había estudiado cine en Bilbao. Hicieron un trato: el primero escribía el guión y el segundo lo plasmaba en imágenes con su propio material. Murga se puso manos a la obra.
La guapa, el bueno y el malo
La chica guapa, el bueno, el malo y sus secuaces, el tabernero, los parroquianos del saloon, el sheriff borracho y corrupto, el cura y el enterrador. Todos los clichés tenían cabida y también rostro real. «Me inspiraba en la gente del pueblo. Me metí tanto en la historia que me pegaba cada llorera yo sólo en casa..», agrega Murga, quien dice que, sobre todo, su filme tiene mensaje: «el de vivir el presente».
Pronto José Luis y Oier se dieron cuenta de que aquello superaba los límites del corto y osaron hacer una película con todos los ingredientes: amor, desamor, peleas y duelos al sol. Los primeros planos empezaron a rodarse en la primavera de 2006, casi todos en interiores. «Yo vi que la película no iba a ser creíble si nunca salía el pueblo», relata Oier, que ahora tiene 34 años. Su primera idea fue la de fletar un autobús y aterrizar con toda la 'troupe' cuatro días en Almería, en el edén de los spaguetti western, para rodar en un decorado abandonado.
José Luis le convenció para levantar en un descampado de Marinda su propio pueblo. Lograron 6.000 euros de ayudas de la Diputación alavesa y otros 1.200 del Ayuntamiento de Kuartango, y lo gastaron en tablas y clavos. «Y aún así no nos llegó». En las navidades de 2006, entre todos los vecinos levantaron Kuartk Valley con su saloon, la casa del malo, la del sherriff con la cárcel, el banco, la serrería, la escuela, el pozo y hasta un abrevadero. «Fue emocionante ver a todos -amigos, padres, jubilados- arrimando el hombro», relata Oier.
Rodaje accidentado
Después llegaron más momentos de risas, de paciencia -el trabajo con aficionados es terrible- y otros muchos de lágrimas, como cuando la actriz protagonista decidió tirar la toalla. Aprovechando que en octubre de 2009 se organizó una fiesta del Salvaje Oeste en Bikuña, Oier y José Luis se acercaron y realizaron su propio casting. Allí les llamaron la atención los atuendos y las poses de dos parejas. Se acercaron, les hablaron de su proyecto y ¡bingo!, volvían a tener chica guapa y de paso sheriff y más actores.
Hubo más incidencias. Se murió el caballo del protagonista, la ciclogénesis explosiva se llevó por delante el banco del pueblo y la niña de seis años, claro está, creció. «Al final sólo le hacíamos primeros planos», relata Oier.
Ahora la película está en fase de montaje. Oier y José Luis tienen por delante meses de pulir y repulir secuencias. Después, la productora vitoriana Silverspace se ha comprometido a hacerles la postproducción, lo que significa realizar correcciones de color, poner banda sonora, títulos de crédito, quizás doblar y, si logran financiación, introducir la cinta en los circuitos de cine independiente. «Yo lo que quiero es que la gente moquee», sueña Murga.