Se imprimieron en París en 1825 y sólo se conservan 4 en España. Uno de ellos en la biblioteca de Sagrados Corazones a donde uno de esos ejemplares de 'El Quijote' volvió hace unos años. ¿Pero que hace tan especial a un libro del que hay repartidas por el mundo millones de copias?. Lo primero, una edición tan limitada y después el hecho de que esté dividido en seis tomos con láminas de 8 centímetros por 6. Se necesita casi una lupa para leerlo.
Desde que estallara la Guerra Civil lo había custodiado un antiguo alumno al que los frailes se lo prestaron para que pudiera estar entretenido en Poza de la Sal, su lugar de origen y de residencia familiar, durante el tiempo que estuvieran suspendidas las clases por una contienda que esperaban acabara pronto.
Pero el alumno no regresó y tampoco 'El Quijote'. Hasta que hace 6 años un señor de 90 se presentó ante el superior, contó la historia y devolvió el ejemplar. «Esto era de aquí, me lo dejó un fraile y lo quiero devolver», recordó Luis López.
No es la única joya que atesora la estantería. A su lado, está colocada una biblia antigua y de gran valor gracias a las xilografías que esconden algunas de sus páginas. Dibujos impresos a modo de tampón con planchas de madera impregnados de tinta. El trazo, detallista al mínimo, requiere de una enorme precisión con el buril. La ventaja, que la madera es fácil de trabajar; el problema, que mojada una veintena de veces se deforma y se pudre.
Mayor es el esfuerzo, la paciencia y el detalle que debía suponer dar forma a una litrografía. Sobre todo, cuando en ella se trata de reproducir en piedra el cuerpo humano y cómo es también por dentro, en las entrañas.
Como si de una imagen en blanco y negro se tratara, láminas con órganos, vísceras, secciones de venas o extirpaciones, forman la parte práctica -la primera mitad es de teoría médica- de los 9 tomos de Anatomía del Hombre, editados en Francia en 1839. «Cuando operaban tenía que haber uno observando, con una retina impresionante, para después con un buril romper el material con precisión. Esto es una joya única», aseguró el superior.
Repetirlo ahora sería impensable. El ritmo de vida actual hace imposible que alguien invierta horas con esa minuciosidad. «El tiempo no existía entonces como concepto». De haber sido así nadie se hubiera dedicado a componer libros para la imprenta. Se montaban letra a letra, sin importar el tamaño a veces minúsculo de las piezas.