Ha costado, pero la remozada plaza de Bilbao ya luce sus nuevos encantos. Más terreno para el peatón, arrinconado antes y durante las obras; mejor iluminación; y un diseño de lo más innovador. EL CORREO comprobó ayer a pie de acera el sentir de vecinos y peatones sobre este punto estratégico de la ciudad, que conecta los barrios del Norte con el centro y el Casco Medieval.
En la cafetería Yoale, famosa por sus chocolates con churros, han seguido la transformación paso a paso. Al otro lado de la barra, David suspira al recordar la paciencia desplegada desde junio, cuando arrancaron los trabajos. «Le doy un aprobado, hemos ganado en seguridad porque antes esto era un agujero negro», analiza el hostelero.
«Pero aunque ahora estemos más seguros, también echo en falta el paso de cebra que había justo en la unión de la plaza con la calle Francia». La reforma se lo ha 'llevado' hasta casi el cruce con Monseñor Estenaga, a las puertas de Jesús Obero. «Sin embargo creo que está mal diseñado, porque primero está el paso y luego el semáforo», aprecia David.
Sobre el asfalto todavía se aprecian restos de las marcas blancas. «Ayer -por el martes- una señora mayor cruzó por ahí al creer que aún estaba operativo. Un conductor la pitó y con razón», asegura Hermenegildo Cerio, vecino de la zona. Agarrada a su brazo, Domi Armentia asiente y agrega que «quizá nos falte acostumbrarnos, pero esos restos de líneas deberían eliminarlos por si acaso».
El caso es que el terreno a los automóviles se ha limitado con la renovación a dos vías. Una procede de Portal de Villarreal y la otra, de San Ignacio de Loyola. Todo lo demás supone terreno ganado al viandante. Dos tipos de granito -gris oscuro y ocre- y cinco luminarias dan al enclave un aspecto más diáfano. De noche, además, los focos proyectan sobre el suelo figuras de distintos colores como ya ocurre en Sancho el Sabio o Prado. Y es que la plaza se ha incorporado ya al plan Alhóndiga de impulso al comercio.
«Es que antes no sabes lo que fastidiaba el ruido de los coches. Hasta da la sensación de que ahora pasan menos coches», abunda Concepción Armentia, quien también reside en las inmediaciones del remozado espacio.
A otros barrios
Esa apuesta por el transeúnte se ha traducido en la supresión de, al menos, una veintena de plazas de aparcamientos. A juicio de Martín Blanco, quen vive en Zaramaga pero pasa «a diario» por este punto, esa eliminación «ya la estamos sufriendo los que vivimos en los barrios colindantes». ¿A qué se refiere? «Gente que antes aparcaba aquí lleva sus coches a otros barrios, como por ejemplo Zaramaga. Y, en concreto, la calle Vitoria».
«Estoy de acuerdo con la política de sacar los automóviles del centro, pero hay que pensar también en sus dueños. ¿Por qué no se acompaña esa medida con rebajas en los alquileres de plazas de parking subterráneo?», se pregunta.