Dice la ministra González Sinde que no dimite. Y el caso es que tendría que haber dimitido ya, por mucho que el fiasco de la ley antidescarga no se pueda cargar completamente a su ya denostada impericia política. Porque, evidentemente, no fue suya la decisión de incluir la norma antipirateo en ese cajón de sastre que es y ha sido la Ley de Economía Sostenible. Ni suyo fue, tampoco, el fracaso de una negociación en la que el cambalache entre temas y materias distantes y divergentes ha puesto de manifiesto la debilidad de una sociología política sin sentido sobre la importancia de la propiedad intelectual y, por supuesto, sin liderazgo a la hora de hacer frente a un serio problema cultural. Pero la ministra tendría que haber dimitido, sin duda, porque ella era la responsable principal no solo a la hora de desarrollar legal y políticamente la defensa de la propiedad intelectual, sino también a la hora de explicar y convencer a la sociedad sobre la necesidad de poner un freno a un pirateo indiscriminado y a unas descargas ilegales que nos convierten en país tercermundista. Seguramente, habrá solución para este espinoso tema que tiene enfrentados a creadores e internautas. Ya sea de urgencia en el Senado o con más reposo a través de una reforma de toda la propiedad intelectual, lo cierto es que el tema será resuelto más pronto que tarde. Sin embargo, lo que ya no tiene solución es la levedad gestora y política de una ministra sin peso en el gobierno, sin credibilidad entre los creadores, sin consideración entre los internautas y ya, desde luego, sin ningún crédito entre los ciudadanos.
Teatro
El efecto de la crisis
La crisis también afecta al teatro. No podía ser de otra manera, por supuesto, en un sector muy atomizado, con exceso de oferta y con una enorme dependencia de los presupuestos públicos. Según los datos más fiables, el teatro perderá este año en nuestro país un 10% del público y un 5% de recaudación. Datos que contrastan con los del año 2009, cuando la taquilla aumentó el 5% hasta los 200,86 millones de euros. La caída de espectadores no parece excesiva, aunque quienes más sufren son los teatros de las medianas ciudades. Además, dejando al margen el éxito de los grandes musicales que copan la cartelera en las grandes urbes, lo cierto es que las pequeñas compañías y el teatro alternativo son los verdaderos damnificados de la crisis. Otro problema serio que está ya afectando al mundo de las artes escénicas es el de la reducción de los presupuestos en la cultura pública y el de la morosidad. De hecho, con los ayuntamientos endeudados y limitados en su refinanciación, con unos presupuestos reducidos a la mínima expresión en el ámbito de la cultura local y con las cajas municipales a cero, las compañías y las productoras se las ven y se las desean para sobrevivir en un mundo teatral en el que la mayoría de los espacios escénicos son municipales. Y, ¿qué se puede hacer para sobrevivir ante esta crisis? Pues, según los especialistas, no queda más remedio que buscar la concentración de las productoras, los acuerdos de producción con varias autonomías y la exigencia asociativa a las instituciones públicas para que atajen una morosidad que puede llevar al teatro a la quiebra. Poco más.
Mecenazgo
Suscripción popular
No es ninguna mala idea el recuperar en estos tiempos de crisis la vieja figura de la suscripción popular. Me refiero a la posibilidad de lanzar una campaña para la compra de alguna importante obra de arte destinada a un museo. Es una figura que viene ahora como anillo al dedo en una época de restricciones presupuestarias. La suscripción popular no solo sirve para concienciar al ciudadano de la necesidad de apoyar a los museos y al patrimonio histórico-artístico, sino que además es una solución todavía vigente en alguna gran institución museística. Por ejemplo en el Museo del Louvre, donde el respaldo social acaba de hacer posible la compra de un pequeño cuadro de Lucas Cranach, 'Las tres gracias', cuyo precio ascendía a 4 millones de euros. El pasado 11 de noviembre se lanzó una campaña bautizada con el eslogan 'todos mecenas', cuyo objetivo era completar con un millón de euros los otros tres que habían sido donados por el banco Mazars. Pues bien, más de 5.000 personas respondieron en menos de un mes a esta suscripción popular con cantidades entre 1 y 40.000 euros, estableciéndose al final una media por donante de 150 euros. Según el museo, en la campaña también han participado algunas empresas y fundaciones. Pintada por Cranach en 1531, la obra será presentada a partir del próximo 2 de marzo en una muestra que también hará visibles los nombres de los mecenas. Ni que decir tiene que los responsables del museo están muy satisfechos por una respuesta popular que refleja el respaldo social a una institución cultural de enorme prestigio. Un gran éxito, sí.