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Navidad hoy y siempre

26.12.10 - 02:40 -
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Hace unos años la víspera de Navidad apareció en una parroquia de Bizkaia en la pared de la iglesia una pintada que decía 'Feliz Falsedad' en lugar de 'Feliz Navidad'. Me hizo reflexionar sobre el sentido y la verdad de la Navidad en medio de tantas falsedades. En efecto, la Navidad es una fiesta entrañable y universal y, a la vez, devaluada y falseada en medio de tanto consumismo desenfrenado e insolidario, de tanta hipocresía, antiecologismo, canciones acarameladas y películas sentimentaloides o en medio de recuerdos de los ausentes, difuntos o alejados. Hay navidades solitarias y navidades solidarias. Navidad puede ser una balada triste de trompeta y una alegre crónica de Narnia. Es tan denso el simbolismo navideño que uno se siente abrumado y aturdido, alegre y apesadumbrado.
La mayoría de los historiadores, aunque no todos, sitúan sus orígenes relacionándolos con las fiestas del solsticio de invierno en honor del dios solar. Numerosos ritos persas, romanos, nórdicos y anglosajones testimonian celebraciones del solsticio de invierno con hogueras, danzas y cantos. Surgieron los dioses del sol jóvenes, que nacen y renacen: Osiris, Horus, Apolo, Mitra, Dionisos y Krisna. A partir de la noche más larga y mágica resurge el dominio del sol invencible. Cristo es el sol que nace de lo alto y vence a las tinieblas.
En Navidad se celebra un maravilloso intercambio: Dios asume nuestra humanidad y los hombres y mujeres participan de la divinidad. Por eso, la Navidad expresa simbólicamente la síntesis de la vida misma, donde convergen los divergentes y donde confluyen lo humano y lo divino, lo invisible y lo visible, lo eterno y lo temporal, la palabra y la carne, Oriente y Occidente, paganismo y cristianismo, Santa Claus o San Nicolás y Papá Noel, Olentzero y Reyes Magos, pastores y reyes, paganismo y cristianismo, euforia y depresión, carnes y pescados, cotillones y misas del gallo, el buey con su cálido aliento y la mula tirando coces, el pariente malhumorado y el otro dicharachero, el árbol y el belén; el árbol, propio de la austera cultura protestante del norte de Europa y el belén, típico de la cosmovisión católica barroca del sur de Europa. El árbol enlaza la tierra y el cielo (como Cristo une lo humano y lo divino), recuerda al árbol del paraíso. Con luces encendidas y una estrella en su cima, el abeto o el pino simbolizan la vida renacida y perenne, fusión de luces procedentes de la razón y de la fe. El espíritu del belén nos lleva hasta los belenes vivientes de quienes hoy duermen al raso y de quienes habitan en los márgenes de nuestro mundo.
El simbolismo navideño está presente en creyentes y no creyentes, ya que el deseo de renacer a una vida nueva, más humana, digna y feliz es una dimensión constitutiva del ser humano (como aparece en la película Avatar: hay símbolos de encarnación, salvación, comunión con la creación, árbol de las almas, semillas sagradas y nueva humanidad) Como dice Benedicto XVI: «Navidad es acontecimiento histórico y misterio de amor, que desde hace más de dos mil años interpela a los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar». Por eso, en una sociedad como la nuestra tenemos que seguir compartiendo símbolos y tradiciones que den sentido a nuestra vida y que sean humanizadores.
Y los imaginarios y tradiciones navideñas siguen ofreciendo hoy en día un gran potencial simbólico y humanizador. En efecto, según J.Habermas los símbolos religiosos cumplen hoy tres funciones: expresiva, socializadora y denuncia crítica. Así, la Navidad evoca esperanza, año nuevo-vida nueva y un sinfín de vivencias emotivas y vitales. De ilusiones no se vive, pero sin ilusión tampoco se puede vivir. Socializa porque aglutina, convoca y reúne a familias, cuadrillas y tribus urbanas a través de valores y actitudes compartidas durante esos días. Y denuncia crítica en cuanto que, según J.B. Metz, el pesebre y la cruz son memoria subversiva de aquellos que siguen sin tener sitio en la posada de esta sociedad del bienestar y de las víctimas crucificadas por sistemas estructuralmente injustos (niños maltratados, trabajadores explotados, víctimas de la violencia, excluidos y marginados, etc).
Quien se adentra y asume el simbolismo de un belén sale de él transformado, solidario, hermanado y humanado. «En esta Navidad quiero al Niño libre en lo más íntimo de mí mismo, sembrando ternura en todos los espacios en que las piedras sofocan a las flores. Entonces algo misteriosamente nuevo nacerá en nuestras vidas» (Frei Betto)
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