Acabo de darme cuenta -yo soy así, muy de pasárseme por alto lo evidente- de que este final de otoño cumplo 51 años y el Zinebi, el Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao, 52. Y al considerar que tenemos casi la misma edad he sido consciente de que este querido festival supone para mí un referente cultural, y también sentimental, que me ha acompañado durante toda la vida y constituye uno de los elementos valiosos que conforman mi paisaje personal de Bilbao.
Con el Zinebi me pasa como con el reloj Universal que me regaló mi padre y que casi comparte edad con el festival y conmigo: es discreto -aunque sea de oro- y seguro; no falla. El Zinebi no se caracteriza por ser un festival de grandes alharacas, su fiable calidad se basa en la solidez de su programación. Cada año -comienza esta semana que viene: 22 al 27 de noviembre- ofrece una escogida y muy amplia selección de cortometrajes de ficción y documentales internacionales. Y como cada año, cumpliré el rito de pasar al menos un par de tardes viendo cortometrajes sin informarme apenas previamente de lo que voy a ver. Es para mí una especie de juego: dejarme llevar por las sorpresas sin referencias, por lo inesperado, por ese corto que de repente brilla con luz propia y te fascina. Y nunca me ha fallado el íntimo premio: siempre ha habido al menos uno que me ha parecido excelente.
También el Zinebi me ha brindado el placer y el honor, por mi relación de amistad con su director, Ernesto del Río, de conocer a algunos de sus invitados ilustres. Recuerdo el estupendo rato que pasé charlando y tomando un par de vinos con Richard Lester, a quien le dije que su película que más me gustaba era 'Robin y Marian' y me confesó que a él también. Y fue un privilegio la memorable velada con el gran director mexicano Arturo Ripstein y su esposa y guionista Paz Alicia Garciadiego, una pareja llena de encanto e inteligencia que aceptó cenar conmigo. Del mismo modo, y gracias a las invitaciones por parte del consulado francés, pude saludar a Anna Karina, la musa de Godard, y me privé de hacerlo a Jeanne Moreau, pues asumo mal que mis máximos mitos eróticos envejezcan fuera de la pantalla.
Este año, como novedad, acudiré a mi cita a ciegas con los cortometrajes en compañía de mi hija, que tiene quince años y es una cinéfila de hierro, como su viejo. De este modo, con el tiempo -mucho, espero-, cuando falte al emparejamiento de edad con el festival por obvias razones de deserción involuntaria, cubrirá mi baja María y no se notará la ausencia de un espectador. Y así, con este u otro sistema sucesorio y sobre todo con su labor de atraer a las nuevas generaciones al mundo profesional del cine por el didáctico e ilusionado camino de querer hacer un corto, el Zinebi cumplirá un primer siglo de vida tan fiel a su acogedora cita anual como la lluvia de Bilbao en otoño.