Cómo señalar cuáles son los alicientes del último capítulo de 'Resident Evil' cuando a cuarenta y nueve de cada cincuenta lectores les va a importar un pimiento quien sea Chris Redfield?, o peor ¿cómo explicar de qué trata la última película de Paul W.S. Anderson cuando la saga que apadrina perdió el rumbo en su primera entrega? Abreviando, la historia de amor entre Anderson y Milla Jovovich se empecina en ser lo que era, un videojuego en el que los personajes tienen menos fondo que un emoticono impreso en tintas planas.
Para deslumbrar al personal más impresionable Anderson se ha pasado al 3D, por convicción o inercia, pero sigue repitiendo como una letanía cada párrafo del evangelio de los hermanos Wachowski: imágenes al ralentí, 'stop-emotion', piruetas cableadas... que cumplirían su función, con creces, si al director le hubiese apetecido escribir un guión o, al menos, una línea argumental capaz de cohesionar tamaño desparrame visual con un mínimo de coherencia. Vamos, que al productor de horteradas incólumes como 'Dead or Alive' no le tiembla el pulso cuando tiene que sacrificar a sus personajes en el altar del cine estereoscópico; todo sea por y para el espectáculo... o, al menos, eso es lo que debieron pensar Ali Larter y Sergio Peris Mencheta, allá ellos.
Ya sea porque Anderson confía en que su público no ha visto 'Vampire Hunter: Blood Lust', 'Equilibrium', 'Minority Report', ni siquiera 'Matrix'; o porque le da pereza disimular que fusila a diestro y siniestro, en cada plano de 'Resident Evil: Ultratumba' se huele la cola del corta-pega cinematográfico, incluso los efluvios del manga de Yukito Kishiro que le presta a Anderson un par de ideas para que Alice (Milla Jovovich) evolucione hasta convertirse en algo parecido a la semi-mítica 'Alita' ('GUNNM, Ángel de Combate').
Otro pasapantallas que no va acabar nunca, puesto que Anderson ha prometido volver más adelante con una quinta parte.