Es un grande entre los grandes que resiste el acoso de los tiburones de la industria del lujo. Con su eterno corte de pelo a lo Tintín y sus camisetas a rayas marineras, el 'enfant terrible' de la moda arranca el curso soltando amarras y manteniendo su independencia. Tras dar carpetazo a siete años al frente de la línea femenina de Hermès, Jean Paul Gaultier vuelve a encerrarse en su salvaje, transgresor y divertido universo estilístico, sin descuidar las jugosas colaboraciones con las que multiplica sus beneficios. El creador del icónico corsé de los pechos-cono con el que ciñó a Madonna en los noventa discute a los que cuestionan su descomunal talento, puesto en duda en sus últimas colecciones. Rematadas con impresionantes recursos técnicos, quizás estén algo huérfanas de originalidad.
Gaultier sigue corriendo como un loco por las pasarelas después de cada desfile como signo de felicidad «por terminar» cada una de las seis colecciones en las que se enfrasca cada año. Es posible que «los nervios y la presión» por mantener los resultados de ventas le hayan restado frescura. Poco parece importarle. Amante de las corridas de toros, no se despega de esa imagen de niño malo y travieso que disfruta con la magia. Como cuando, con motivo de los 30 años de su primer desfile, metió a la temida editora de moda Suzy Menkes en un cajón y la descuartizó o hizo desaparecer dentro de un baúl a la poderosa Anna Piaggi.
Hijo de la periferia y de la cultura callejera, trabaja a destajo, y eso que ha finiquitado su relación con la marca de marroquinería más sofisticada del mundo. «Trabajar para Hermès me ha permitido conocer el 'savoir faire' de una casa legendaria», razona. El diseñador parisino formado en los talleres de Pierre Cardin se multiplica para atender sus compromisos. El culpable de transformar los tatuajes de innoble referencia carcelaria en emblema generacional y promover una subcultura invitando a millones de jóvenes a perforar sus cuerpos de piercings controla sus propias colecciones de prê-à-porter para hombre y mujer y alta costura, cuyas ventas se han disparado como nunca. En un mundo reservado a clientas multimillonarias que rehúyen colocarse en la primera línea de sus desfiles «por temor a ser secuestradas», despacha cerca de 120 piezas. Reacio a estirarse la piel -«tengo miedo del quirófano y además las mujeres que se operan me parecen mucho más viejas de lo que son»- pone también su nombre a una línea de vaqueros para Levis's y el próximo otoño lanzará una colección de 27 piezas de lencería para la exclusiva La Perla.
Con todos en la cama
Y todo sin pisar jamás una escuela de moda. Lo que sabe Gaultier lo aprendió del centro de belleza, «muy de pueblo», de su abuela Mémé. «Siempre estaba lleno de mujeres. Además de hacerse masajes o la manicura, hablaban de sus problemas». Con apenas seis años, recuerda, Gaultier intuyó lo mucho que la estética podía influir en el estado de ánimo. «Variar de vestido o peinado podía significar un cambio de actitud».
Enamorado del olor a pan recién sacado del horno, este experto apasionado del festival de Eurovisión -fue comentarista para la televisión gala en 2008- decidió dedicarse al diseño cuando una profesora le sorprendió dibujando a las bailarinas del Folies Bergère. La maestra rasgó las hojas y se las colocó sobre los hombros obligándole a dar una vuelta por el colegio. Solitario «y un poco afeminado», aquella cura de humildad se convirtió en un baño de masas. '¡Muy bien, Jean Paul!', le gritaron sus compañeros por los pasillos. Gaultier aprendió que «del mal podía nacer el bien» y que jamás aguantaría ningún tipo de imposición y vejación. Tampoco de los que pretenden arruinar o aprovecharse ahora de su nombre. «Me parece un escándalo que haya firmas que paguen a las estrellas para que asistan a sus desfiles o se pongan su ropa en algún acto», admite el artista, cuyo sueño, en caso de convertirse en el hombre más poderoso del mundo, sería reunir en «una enorme cama» a todas las personas que «he amado y amo».
Quizá porque se llevó el mayor golpe de su vida cuando, en 1990, murió su socio y amigo Francis Menuge, admite que hacer moda «es lo que mejor me sale. Un desfile es como su hijo». Por eso hace oídos sordos a los que, en lugar de vapulearle, le ven al frente de la mítica Yves Saint Laurent. Aunque se resiste a ceder a los convencionalismos, el 'punk sentimental', título de su única biografía autorizada, ha refinado sus propuestas. «Alexander McQueen sí era un 'enfant terrible'». Palabra de un francés que ha cambiado la mantequilla por el aceite de oliva, pero que mantiene su punto de locura. Sueña con montar un desfile en la azotea de su atelier parisino.