Para que 'Baly' y sus amigos pudieran surcar ayer la Gran Vía, sus responsables tuvieron que trabajar duro durante todo el día en el montaje de las vistosas carrozas que llenaron de magia la principal calle de la villa. Mecánicos, músicos, creativos, actores y acróbatas venidos de diferentes puntos de Europa recalaron en el botxo para que el sueño del cetáceo más querido fuera lo más dulce posible.
Quim Guisa es el padre de la estrella del desfile. Ayer se pasó el día trabajando para que el simpático mamífero marino luciera su mejor aspecto. Y no fue fácil. Su equipo tuvo que afanarse en llenar de helio el personaje durante casi dos horas. «Es un gas noble que no entraña ningún peligro. Además es uno de los más ligeros», ilustra el especialista. Tras el llenado, tocaba coordinar a los diez costaleros que se encargaron de guiar a la ballena, que alcanza los los 30 kilos de peso y en el aire cuenta con una fuerza de 150 kilos. «Lo más complicado es sortear cientos de bancos y farolas», apunta.
Los gigantes que escoltaron a Baly también se daban ayer sus últimos retoques. Engalanados con unos vistosos trajes bereberes, siete especialistas consiguieron moverse entre la multitud. «Andar con los zancos resulta muy complicado, sobre todo cuando hace viento y la temperatura es muy alta porque se hace imposible mantener el equilibrio», ilustra el director artístico de la compañía francesa, Marc Mirales. A estas adversidades hay que añadir su vestimenta -diseñada por un artista argelino-, que pesa más de cinco kilos, lo que entorpece más sin cabe los movimientos de los acróbatas.
Lucie Rutsaert y Dominique Coquelin llegaron por la mañana desde París con unas vetustas maletas cargadas con sus cachivaches. Los artistas de esta compañía de origen uruguayo se afanaron en decorar las dos «pequeñas casitas motorizadas» que protagonizan su montaje. «Todo es material reciclado, las cortinas son de la abuela de uno de nuestros compañeros, y los motores que mueven el montaje son de sillas de rueda», explican los artistas
Un submarino en dos horas
Los armadores del submarino 'Nave-pez' tardaron poco más de dos horas en dejar listo su prodigio -réplica del que diseñó Narcís Monturiol hace 150 años- para zambullirse en la Gran Vía bilbaína. «La diferencia es que el nuestro no es sumergible, sólo es terrestre», advirtió Emili Legal, uno de sus responsables. En este caso, dos ciclistas consiguen mover a golpe de pedal la nave, de siete metros de eslora. «No resulta difícil porque todo está muy pensado», confiesan.
A pedales también tuvieron que ofrecer su pequeño concierto los músicos del 'Rodafonio'. A bordo de una «gran noria» de cuatro metros, el guitarra, el saxo y el batería de esta banda giratoria deben mantener el equilibrio mientras tocan sus melodías. «Resulta complicado, pero compensa cuando ves a la gente 'flipar en colores'», reconoce el guitarrista Miguel Ramón.