«La rosa de los vientos se la han cargado», decía un miembro de la Asociación de Amigos del Ferrocarril. Se había construido ahí mismo, sobre el suelo del vestíbulo de la estación con un granito exclusivo. El mosaico central desaparecería en el lugar que lo vio nacer, ya que era imposible trasladarlo.
De la antigua estación ya sólo quedan los escombros, y a una semana del derribo, el único recuerdo se conserva en los pocos elementos rescatados de la destrucción. En el edificio contiguo a la estación que ha quedado en pie se guardan algunos materiales para las próximas construcciones.
Ahí se encuentran, entre pilas de plástico y pequeños montones de arenilla las dos farolas isabelinas que recibieron la amnistía. Aunque había algunas más, asegura Hurtado.
Un poco más adelante, cubierto de uno de esos montículos de arena, se encuentra la mitad del escudo de Logroño que colgaba de la fachada de la estación. La otra mitad se encuentra entre los plásticos. Pero aún había otro escudo, 'el oficial' del movimiento con el águila. Aquel fue retirado antes de conocer el final de la estación.
Pero si hay un elemento que no ha detenido su ciclo vital a los 52 años en la estación, ese es el reloj. Como toda estación, el ritmo venía determinado por la hora que marcaban esas grandes agujas. Desde que el primer tren correo 1.101 procedente de Zaragoza y con destino Bilbao atravesara los andenes de la vieja estación, el reloj ha marcado puntualmente la hora.
«El encanto no se pierde, la gente antes venía a esperar a ver si se bajaba fulano, o si venía alguien del pueblo... La estación siempre ha sido un centro de encuentro», recuerda Hurtado, quien reconoce que no hace tanto tiempo que esto sucedía así.
Ahora el reloj sigue marcando los tiempos, pero lo hace desde la otra orilla de las vías. De momento está en la estación provisional, aunque una vez terminadas las obras podrá volver a la estación nueva o quedarse en el salón-exposición con las demás reliquias, en un edificio que aunque todavía no está construido, ya se conoce como 'el ratón', por una larga pasarela con arcos a modo de 'cola' que se dibuja sobre un lago artificial.
De murales y vidrieras
El Taller Diocesano de Resatauración de Santo Domingo de la Calzada está de vacaciones, y los murales de la estación permanecen enrrollados en los tubos de sesenta centímetros de diámetro.
«Están bastante bien conservados, porque no son muy antiguos», explica el director técnico del taller, José Antonio Saavedra, quien reconoce que lo más problemático puede ser la suciedad que han acumulado al estar expuestos en pleno vestíbulo.
Los lienzos representaban la industria y la agricultura, respectivamente; labores pujantes en La Rioja de los años 50, con formas cuadradas o «de robots», como diría Federico Soldevilla, quien reconoce que en su juventud esas figuras perturbadoras de los hermanos Sáenz González «llamaban mucho la atención». Las pinturas las tuvieron que realizar en Madrid, trabajando durante todo un verano en una terraza, ya que era el único lugar donde cabían los óleos de gran extensión para contar a todos «a qué nos dedicábamos entonces», repite Soldevilla.
Las vidrieras con los escudos del Ministerio de Tierra, Mar y Aire, también tendrán su lugar en el nuevo complejo ferroviario.