Mikel Álava apareció un buen día en las tertulias del Cineclub de Getxo, pero pronto comprendimos que la película no le interesaba demasiado. Así tenía un auditorio cautivo al que darle cuenta de sus progresos en las batallas legales que emprendía contra el Ayuntamiento. Porque Mikel vivía entre boletines oficiales y legajos históricos. Moraba en las bibliotecas, primero en la de San Nicolás de Algorta y después en la Foral de la Gran Vía bilbaína. Hubo un tiempo en que fue funcionario del Consistorio getxotarra, pero desde que lo despidieron -según él, injustamente- hizo del recurso la razón de su vida.
Mikel murió el lunes en Algorta con 50 años. No aparecía por el cineclub desde que encontró otro público en las movilizaciones vecinales a favor del soterramiento del metro en Maidagan. Formaba parte del paisaje urbano del pueblo, siempre con su corbata arrugada y el peinado Anasagasti. Siempre a la carrera, armado de fotocopias con timbre oficial. Te paraba y descubría chanchullos municipales: recalificaciones, contratos a dedo, planes urbanísticos ilegales.
Era un Quijote al que, por locuaz, nadie hacía caso. Pero su empeño de historiador aficionado daba frutos, como cuando descubrió oculta por la maleza una fuente antiquísima en Santa María de Getxo que formaba parte del Camino de Santiago. De profesión perito calígrafo, era el terror de los plenos del Ayuntamiento cuando pedía turno de palabra. Un Pepito Grillo que más de una vez puso contra las cuerdas a concejales que le miraban por encima del hombro. Últimamente reclamaba una herencia millonaria en Madrid por no sé qué de su apellido.
Mikel Álava vivía con su madre y recordaba con nostalgia las noches de cubata y Bee Gees en la discoteca Gwendolyne, antes de que su vida se torciera. Casi todos los sábados se iba solito al Kafe Antzokia y dejaba a Tony Manero a la altura del betún con sus bailes acrobáticos. Hasta tuvo su minuto de gloria en el programa de Patricia Gaztañaga. Metan 'bailongo del Antzoki' en YouTube y asómbrense.