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«Aquí hay que estar con los ojos bien abiertos»

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«Aquí hay que estar con los ojos bien abiertos»

08.08.10 - 02:33 -
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A los 20 años abandonó Euskadi con el propósito de triunfar en el mundo artístico. Con una maleta se mudó a Madrid, donde comenzó a cosechar éxitos con una compañía de teatro. Pero su consagración la ha conseguido al otro lado del charco. Un viaje a Centroamérica cambió el destino de Santiago Nogales. Este vizcaíno de 45 años, natural de Ermua, se dio cuenta de que había muchas cosas por hacer y quiso poner su granito de arena. Así lleva catorce años colaborando con proyectos educativos y, además, ha fundado su propia productora junto a su compañera sentimental, Rosario. Ella y él comparten la pasión por el teatro e intentan emplearlo como herramienta para cambiar la cruda realidad que viven en El Salvador.
No tenía claro si le gustaba más la actuación o la dirección. Eso sí, no dudó en trasladarse a Madrid para licenciarse en Arte Dramático. Al acabar los estudios empezó a trabajar en el grupo de teatro madrileño Micomicón, donde estuvo diez años. Con ellos se embarcó en una aventura que cambió sus planes. «El Ministerio de Cultura nos propuso en 1993 hacer una gira por Centroamérica y elaborar dos talleres en Tegucigalpa y El Salvador». La idea inicial era estar tres meses. Lo que marcaba el contrato. Nogales, sin embargo, quiso quedarse para desempeñar otras labores de manera individual.
Terminó varios proyectos que tenía con la compañía en España y regresó a El Salvador con billete sólo de ida. En esta decisión influyó que conociera durante su primera estancia a su pareja Rosario, con la que se casaría más tarde. Hoy, este vasco y esta salvadoreña son padres de dos niñas, de 10 y 4 años, y viven felices en la capital del país centroamericano. Pero sus inicios en el terreno profesional no fueron fáciles porque encontró enormes dificultades para poner en marcha sus proyectos.
«Aquí no hay nada. Empiezas a producir y constatas que no existe un circuito. La gente tiene escasa formación. Ahora, al menos, se ha construido una Escuela de Teatro en El Salvador». Él y su mujer comenzaron en agosto de 1997 impartiendo cursos y talleres en el colegio español y en universidades. Al poco tiempo crearon su propia productora, Mobidick, que después se amplió. De allí han salido ocho producciones teatrales y en noviembre estrenan la novena.
«Al borde de la miseria»
Nogales se ha atrevido a tratar los problemas más graves de El Salvador en una trilogía donde ataca la violencia de género, aborda la emigración de Centroamérica a EE UU y cierra este trabajo hablando de los desastres de la guerra. «No hay mercado suficiente. De esto no sólo se puede vivir. Así que también colaboramos con agencias de cooperación y alguna que otra ONG». Y lo hacen encantados, porque Nogales ha visto que cualquier apoyo es poco. «No paras de ver necesidades», admite.
El mayor choque cultural que sufrió nada más aterrizar fue al contemplar los efectos de la guerra civil que asoló este país durante 12 años, hasta 1992. «Es una sociedad que no ha sido capaz de destruir las armas. Tienen gran presencia. También me impactaron las condiciones de vida de los salvadoreños porque, por más que los políticos digan que es un país de renta media, es mentira. Se está al borde de la miseria», sostiene con indignación. No son las únicas adversidades a las que deben hacer frente. A menudo viven desastres naturales que ponen a prueba su fragilidad. «Cuando aparecemos en las noticias internacionales es porque ha pasado algo tremendo. La vulnerabilidad de este país me despierta un compromiso. Hay que ayudar y eso se puede hacer a diario. Mi compañera y yo nos hemos comprometido con la educación». Este país centroamericano sufre un gran volumen de desempleo y, en la actualidad, padece otras dificultades a pesar de haber salido del conflicto armado.
La mejor solución para poner fin a estas adversidades pasa por destinar un mayor porcentaje del PIB a la educación y la atención a los más necesitados. Al menos este es el planteamiento de Nogales, que se lamenta de que los niños tengan que dar clase en condiciones pésimas o vayan pocas horas al colegio. «Con el nuevo gobierno se está dando algún pasito en educación artística», dice.
Aún queda mucho por hacer. Lo primero, confiar en que se reduzca la violencia en El Salvador. «Es un país bellísimo con potencial turístico y pesquero. Pero hay más muertes a diario que durante la guerra civil por culpa del narcotráfico y las pandillas. Aquí hay que estar con los ojos bien abiertos y tener cuidado de por dónde transitas», desvela. Cada ciudadano se asigna sus propios protocolos de seguridad y existe mucha gente que vive en colonias blindadas. Un tipo de cárcel. Él y Rosario trabajan por zonas peligrosas, a las que no llegan muchos salvadoreños. La única medida es la prudencia y evitar salir a la calle a determinadas horas.
Esta inseguridad, en cambio, se disfraza con una falsa calma que se respira en el día a día. «Amanece muy temprano y muchas mujeres salen a la calle para vender cosas en puestecillos en las aceras. Se percibe una sensación engañosa, una apariencia de normalidad. Pero en cualquier momento se produce una balacera». De hecho, llama la atención que delante de todos los negocios haya dos vigilantes armados. Estos inconvenientes no amedrentan a este vizcaíno, que todavía tiene muchos proyectos por cumplir en Centroamérica. Su plan, sin embargo, no evita que cada día se plantee regresar a Euskadi. «Es lógico que piense en mi tierra. Estoy muy vinculado a ella a través de mi familia, con la que hablo a diario. Pero me gustaría volver en el futuro para compartir todo lo que he aprendido fuera». Hasta diciembre no cogerá un avión rumbo a casa para disfrutar de una escapada de un mes.
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