Los parados se quedan sin vacaciones. Ayer, en pleno verano, el goteo de personas que acudió a la oficina del Inem del barrio bilbaíno de Santutxu, una de las 31 del País Vasco, fue similar al de otro día cualquiera. No hay tregua. Unas 400 personas fueron a realizar las gestiones propias de un parado: sellado de la demanda de empleo, petición de prestaciones, solicitud de certificados, presentación a entrevistas ocupacionales ...
María José Rubio, una de los 125.800 parados vascos, tiene 58 años. Acaba de recibir una carta del Inem en la cual le comunican que le corresponde una ayuda de 426 euros, ya que ha agotado el paro. «Estoy contenta por la ayuda, pero lo que yo quiero es un trabajo. Este dinero me sirve para pagar la hipoteca, la luz, el agua y los gastos generales. Para comer no me llega, tendré que ir a los comedores sociales». Pertenece al sector de limpiezas industriales. La empresa para la que trabajaba perdió el servicio en favor de otra firma, quien subrogó los contratos de trabajo. Un día después, la nueva sociedad concesionaria le puso en la calle con un despido improcedente, alegando que tenía que recolocar a otro personal con más antigüedad. «Tengo pocas esperanzas de encontrar empleo, quieren personas de 25 ó 30 años».
Omran Badadí (23 años) nació en uno de los campamentos de refugiados del Sáhara Occidental. Con 17 decidió, con un visado de Argelia, venir a España a buscar trabajo. Luce con orgullo la tarjeta de identidad de extranjero. Ha participado en varios cursos de formación del Inem: jardinero, pintor, albañil. Ahora, solo le falta encontrar un puesto. «En el Sáhara no hay nada. Si no encuentro algo aquí, me iré a otro sitio». Sueña con un contrato que le permita vivir y mandar dinero a su familia, que sigue en el desierto.
Optimismo
Para Eider Ramos, de 29 años, el paro es una novedad. Se acaba de quedar sin trabajo. Está solicitando la prestación por desempleo. Le corresponde un año y es optimista. «Algo habrá, nunca he tenido problemas». Estudió un grado medio en soldadura y calderería. Eran tiempos de bonanza económica y ella se permitió la licencia de elegir empleo, ya que el sector del metal siempre ha ofrecido buenas posibilidades. Ahora podrá comprobar si su decisión fue acertada.
Izaro Aperribai también es de los optimistas, aunque está desemplado desde el pasado octubre, hace casi un año. «Al tener un contrato por ETT, baja el trabajo y somos los primeros en ir a la calle». Llevaba cuatro años como tornero. Ahora acaba de terminar un curso de Lanbide de control numérico de torno y fresadoras en un instituto de Santurtzi. «Quería especializarme. Ya encontraré algo. Con el colchón de la prestación por desempleo me defiendo». Su trayectoria le avala: anteriormente, trabajó como pastelero, soldador y barrendero. «El contrato de barrendero era fijo, pero quería buscar otro trabajo más especializado».