Un conocido a quien aprecio de veras, vitoriano y veterano, abuelo entusiasta y vital que todos querríamos tener, me dijo hace unos meses. «A ver cuándo escribes de que el tranvía está dejando hecha una m... General Álava». Se refería a los baches, a las arquetas deterioradas, a la sensación de escenario roto en una calle que fue noble. La verdad es que si el militar a quien se dedica la vía, una de las que configuran la milla de oro, levantase la cabeza volvía a hundirla deprimido por la cantidad de avatares que han colocado esta arteria en el centro de la diana.
Así que el Gobierno vasco ha decidido desfacer los entuertos al día siguiente de que Celedón retorne a la torre de San Miguel para dormir durante otras 359 noches el sueño de los justos. Bien por la elección de la fecha, que concide con una desbandada propia del sálvese quien pueda y convierte la postal verde de Vitoria -ya se sabe ahora, por dentro y por fuera- en la imagen de una calle solitaria y polvorienta, propia de los 'western' que justifican las tardes de ETB-2. Las máquinas removerán el asfalto envueltas en un paisaje lunar.
Pero claro, las obras acarrean consecuencias para el puñado de intrépidos que se quedan a guardar la ciudad. Ya se sabe, alguien tiene que hacerlo. Mientras los trabajos arreglan los desperfectos, el tranvía se quedará en Sancho el Sabio, lejos de su meta al final de Angulema, hasta finales de agosto. Un triunfo de etapa, siquiera por tres semanas, para el Consejo Social que lideraba Cuerda.
A la altura del Txiki o Los Manueles ya no podrá reeditarse la pregunta que proporcionaba el título a la obra teatral. No tendrán opción de bajarse en la próxima parada los cuatro y el del tambor fieles a una ciudad que baja la persiana por vacaciones, a esa Vitoria que fomenta aún más su decidida tendencia al paseo. Lo que hay que andar en agosto para tomar el cortado o comprar paracetamol, antídoto contra el dolor de cabeza que provoca la calorina en el páramo.